Un hombre solo y, en lo que a nosotros respecta, sin nombre, sin pasado, sin otro contexto que su bote que se hunde. Eso es Todo está perdido.

Robert Redford, uno de los galanes clásicos de Hollywood (como Clint Eastwood o John Wayne) es el protagonista. No es cualquier cosa: para enfrentar a la adversidad vale la rudeza y el estoicismo.

Todo está perdido es la segunda película de J.C. Chandor, quien en el 2011 dirigió Margin Call, una historia que habla de otro tipo de naufragio: el de la crisis económica global del 2008.

Redford, el Hombre, viaja solo en su pequeña embarcación. Hay pocas señales de su vida y de su personalidad. Por un momento parece que un niño, su nieto acaso, viaja con él. Un zapatito lo despierta. Se ve tan desconcertado que sabes en ese instante que sí, está solo.

El zapatito viene de un compartimento abandonado, de esos enormes vagones que van abordo de los barcos mercantes. El compartimento, lleno de zapatos de niño, le acaba de hacer un hoyo a la embarcación del Hombre. Comienza la lucha por la supervivencia.

UN DRAMA ESENCIAL

La definición más simple del drama es el conflicto. Un personaje debe vencer un elemento adverso, algo que se atraviesa entre él y su objetivo. Todo está perdido es un drama reducido a lo elemental.

¿Deja de ser emocionante? En modo alguno. Redford, sin diálogos, transmite todo un rango de emociones: la determinación, furia, miedo y desesperación. Lo hace él solo, nada de pelotas con nombre o un niño llamado Viernes.

Todo está perdido es un cuento detallado de cómo sobrevivir en el mar. Es tentador decir que es una versión contemporánea de El viejo y el mar, la novela de Ernest Hemingway. Pero ahí donde el viejo Hemingway se da tiempo para reflexionar y filosofar, el protagonista de Todo está perdido está demasiado ocupado reparando y armando instrumentos para mantenerse vivo. La praxis es la mejor filosofía del héroe. Porque a pesar de su simpleza, la película de Chandor es una épica sincera: queremos que Redford triunfe, porque nosotros podemos ser él, hemos sido él en cualquier crisis de la vida.

¿Por qué es tan fácil identificarse con este hombre abandonado a su último esfuerzo? Debe ser el aire de los tiempos. Así como hace pocos años abundaron cintas sobre la memoria (Memento, The Jacket, Inception, Eternal Sunshine of the Spotless Mind), a últimas fechas parece un interés de los cineastas trazar la adversidad y hacerlo de manera más desnuda, más sencilla. Este año tres películas lidian con el asunto: ya sea el Capitán Philips, donde Tom Hanks tiene que evitar que unos piratas lo maten; los astronautas de Gravity, a la merced del espacio, los meteoritos y el pánico, o el navegante solitario de Todo está perdido, la precariedad de su vida nos recuerda la nuestra en una realidad sin garantías.

Con esto no quiero decir que Todo está perdido tenga su fuerza en algún discurso ideológico, sino más bien que su simpleza permite varias interpretaciones.

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