Es cierto. El tiempo vuela a veces como un pájaro, y otras se arrastra como un caracol. Hay momentos en que parece que sólo nos queda un instante, a pesar de que la cantidad inmensa de hojas en el calendario sean tantas. Otras que los pocos días que faltan son el símbolo mismo de la eternidad. Eternidad que se sufre. Como cuando Joyce, en Retrato del artista adolescente, describe la duración de las penas del infierno.

Vosotros habréis visto frecuentemente las arenas de una playa. ¡Qué diminutos son los granillos de la arena! ¡Y cuántos de estos granillos hacen falta para formar el puñadito que un niño abarca con la mano en el juego! Pues imaginad ahora una montaña de esta arena de más de un millón de millas de altura, que alcanzara desde la tierra hasta los cielos empíreos, de más de un millón de millas de ancho, tal que se extendiera hasta el espacio más remoto, y de más de un millón de millas de espesor; e imaginad esta enorme masa de innumerables partículas de arena, multiplicada tantas veces como hojas hay en el bosque, gotas de agua en el enorme océano, plumas en los pájaros, escamas en el pez, pelos en los animales y átomos en la vasta extensión de los aires. E imaginad que al cabo de un millón de años viniera una avecilla a la montaña y se llevara en el pico un solo granillo de arena. ¿Cuántos millones de millones de centurias transcurrirían antes que la avecilla hubiese transportado ni tan siquiera un pie cuadrado de la arena de la montaña, y cuántos siglos de siglos de edades tendrían que transcurrir antes de que la hubiese transportado toda? "

Y es que el tiempo, definido como la duración de las cosas sujetas a mudanza o de los seres que tienen una existencia finita, o de la magnitud física que permite ordenar la secuencia de los sucesos, estableciendo un pasado, un presente y un futuro o bien como la época durante la cual vive alguien, sucede algo o va a suceder -como cuando vienen los tiempos difíciles, los tiempos de huracanes (¿los tiempos electorales?), el infierno de todos tan temido- puede convertirse en desazón y llegar a la más pura de las angustias.

Pero no hay que arredrarse. En este mes que ya marca la mitad del año hay que pensar, como decía el clásico –escoja usted el suyo- que nada llega tarde, porque todas las cosas tienen su tiempo justo, como el trigo y las rosas. Es difícil llegar a un temperamento como el de la escritora Francois Sagan que cada vez que podía decía que su pasatiempo favorito era dejar pasar el tiempo, tener tiempo, tomase su tiempo, perder el tiempo y vivir a contratiempo. No todos tenemos ese espíritu tan libre. Pero quizá es más sencillo, como un cuento infantil, acordarse de que hasta el mismo Hans Christian Andersen dijo que hay que disfrutar de la vida porque hay mucho tiempo para estar muerto.

O pensar quizá, antes de que el futuro nos alcance y lleguemos al séptimo mes del año - todo fuera como eso- que siempre hay un tiempo para marcharse aunque no haya sitio a donde ir. Y que al final la vida es corta, lo demás no importa, nada se detiene y, como dice la canción, el tiempo curará todo cuando ya no importe más.