Dicen los que saben (y los que lo pretenden) que el insomnio es uno de los trastornos del sueño más comunes. Que suele definirse como la dificultad para quedarse dormido y después agregan magnánimamente que no sólo se trata de conciliar el sueño, sino también de la incapacidad de permanecer dormido.

Ya entrados en detalles de pesadilla, reconocen que el insomnio también puede incluir despertares frecuentes durante la noche o despertarse cuando aún el cielo está oscuro y las horas inequívocamente se conjugan y se nombran como si el sol ya hubiera salido (cuatro, tres, cinco de la mañana).

Se puede leer mucho al respecto. Haberse pasado toda una vida –de noche- tratando de averiguar si no poder dormir es una condición genética, neurotransmisores defectuosos, cafeína, cigarro, el corazón tan roto y la cena tan copiosa, un castigo divino, una condición privilegiada, la señal clarísima de ser el escogido que no debe cerrar los ojos nunca porque el mundo, el universo entero, requiere de tu atención. Es imprescindible que no te duermas nunca.

Pero después de muchas noches de insomnio, de toda una vida sin poder dormir, el insomne se compra varias almohadas inútiles (ésas que nada más sirven para descansar la cabeza). Primero, el pensar, por ejemplo, que muchísimas obras literarias (poemas, novelas, obras de teatro) han tenido como su personaje central esta imposibilidad de dormir y no podrían haber sido escritas más que en el desvelo. Y luego se puede presentar la referencia de Insomnio , el título de un poema del escritor y académico Dámaso Alonso o muchas obras más. Entonces todo puede llenarse de consuelo. Y uno, insomne y heroico, puede fabricar heroísmos de lo fantástico que es vivir de noche, pensar sólo en la oscuridad, estar despierto cuando todos duermen y nadie te ve.

Sin embargo, finalmente llega el momento en que, poco a poco, te das cuenta que el sueño tiene un mejor prestigio. Que no puedes soñar si no te duermes, que el sueño es un arte poético involuntario, como dijo Kant, o que Borges tuvo razón cuando escribió que la literatura no es otra cosa que un sueño dirigido.

Y puede que aparezca la tristeza. O la desesperación. Las arrugas, las ojeras, darse cuenta que, a veces, no dormir es perder el tiempo. Porque como tenías tanto sueño no te pudiste levantar para llegar a tiempo a la oportunidad de tu vida. O quizá porque hay momentos en que aprecias el sueño como nunca y ahora sí no puedes dormir por la mejor de los razones (tener un hijo, por ejemplo, condición que -mi madre asegura- es definitiva para no volver a conciliar el sueño).

Y después que han pasado una cantidad de noches casi imposibles de sumar, cuando ya te decidiste a dejar de leer a Aristóteles y escuchas las consejas de la revista del puesto de la esquina, una revista que dice lo primero que debes hacer para dormir, si te encuentras tumbado en la cama totalmente incapaz de conciliar el sueño, es determinar si puede haber algo que no estés haciendo a lo largo del día que esté causando tu insomnio.

Entonces, a la mañana siguiente, hablas por teléfono, haces una cita y te vas a la oficina más cercana del SAT. Arreglas todas tus pesadillas de abril y mayo y te quedas dormido, sin despertar nunca, toda la noche completa.