El 1 de julio, un año antes de 1910, nació el escritor uruguayo Juan Carlos Onetti. Muchos dijeron que su mayor fatalidad fue justamente su nacionalidad.

Que si no hubiera nacido en esa tierra sino en un país con el poder económico y el peso político necesarios para exportar con éxito la cultura propia, no hubiera fallecido casi incógnito. Si no hubiera nacido en Montevideo, escribió alguno de sus fanáticos con furia, sino, por ejemplo , en Buenos Aires, hoy en día la super-estrella de la literatura latinoamericana no se llamaría Jorge Luis Borges, sino Juan Carlos Onetti .

Exageraba, claro. Onetti no fue incógnito, Argentina tampoco tiene demasiado peso político ni económico y Borges es Borges y ya está. Pero se equivoca en el decir que Onetti en algún momento pudo ser incógnito.

Porque es "el clásico por antonomasia de las letras hispanoamericanas contemporáneas, como dijo Roa Bastos –que sí era culto y había leído todo- , y Carlos Fuentes, que no se caracteriza por regalar elogios a nadie dijo, con justa razón, que las novelas y cuentos de Onetti son las piedras de fundación de nuestra modernidad." Y agrega: "A todos sus descendientes nos dio una lección de inteligencia narrativa, de construcción sabia, de inmenso amor a la imaginación literaria.

Juan Carlos Onetti desde pequeño fue un ávido lector –de Faulkner y Dostoievsky, por ejemplo que abandonó la secundaria y pasó por diversos empleos: mozo, portero, vendedor de entradas del Estadio Centenario y periodista, " una de las profesiones más soportables que conozco", solía decir. La aparición en 1939 de su breve novela El pozo lo colocó como uno de los pocos escritores existencialistas en lengua castellana.

Exiliado en España después del golpe de estado en Uruguay se hizo gran amigo de Mario Vargas Llosa y encontró en él no sólo a uno de sus lectores más fervorosos sino a un crítico preciso. Fue Vargas Llosa el que dijo que la los cuentos de Onetti, están "a la altura de los de Borges y Rulfo". Y Onetti el que dijo de Vargas Llosa que este se relacionaba con el trabajo literario como con una esposa y él, en cambio, escribía como se hace el amor a una amante. Sin tiempos precisos pero con una pasión avasalladora.

Pero todo fuera como eso, el que dice las mejores cosas es el mismo Onetti. A pregunta precisa sobre qué aconsejaba a los noveles escritores contestó:

Es necesario que una ráfaga de atrevimiento, de firme y puro atrevimiento

Intelectual, cure y discipline el desgano de las inteligencias nacientes. Y que

Los jóvenes se graben estas palabras como un lema: Tengan el valor de equivocarse. Y después continuó ofreciendo sabiduría efectiva y breve:

No busquen ser originales. El ser distinto es inevitable cuando uno no se preocupa de serlo. No traten de complicar al lector, ni buscar ni reclamar su ayuda. No olviden la frase, justamente famosa: dos más dos son cuatro; pero ¿y si fueran cinco?.