Ay, sí. Ay, me muero. No sé qué decir. Tal vez lo mejor sería hacerme una playera que diga: A mí sí me gustó The Revenant y luego caminar por Reforma escondiendo mi vergüenza bajo una bolsa de pan con hoyitos para los ojos y permitirme quizá no lo merezca respirar.

Fui a ver la cinta pergeñada por González Iñárritu (me niego a decirle G. Iñárritu , que me suena a marca de borceguíes) con todo el mal plan del mundo. Como conté en el Garage de la semana pasada, a mí el tal Negro nunca me ha impresionado. Birdman me gustó por ser su película menos mañosa. Me explico: el cine iñarritense siempre parece depender de un gimmick, de un truquito: la narrativa entrelazada de Amores perros, o el juego con la linealidad en 21 gramos. Es un cineasta que no puede simplemente filmar una historia, sino que tiene que lucirse. Como niño chiquito frente a las visitas.

No que Birdman y Revenant: el renacido no tengan su gimmick. En el caso de ambas el truco está en la fotografía. Mientras que en Birdman el director filmo en puros plano-secuencias (es decir, la cámara no cortaba sino que todo parecía suceder en la misma escena), en Revenant Iñárritu dejo al Chivo Lubeski agarrar vuelo y filmar todo en exteriores, usando únicamente luz natural.

Sí, tienen su maña. Pero al ser una mañita puramente audiovisual le dejan al director y al guionista dedicarse a contar una historia. Sí, señor, pasada de moda como es esa virtud, González Iñárritu en Hollywood ha aprendido a narrar. La trama simple y sin fallos de Revenant lo demuestra.

Lo que más me gustó de Revenant es que se trata de una simple historia de venganza. Con Bastardos sin gloria de Tarantino y Oldboy de Chan Wook Park podría formar una bonita trilogía de condes de Montecristo que serán imparables en su búsqueda de revancha.

The Revenant narra la historia de Glass (Leonardo Dicaprio), un cazador y guía del gélido norte de Estados Unidos. Es el siglo XIX, años de tierra sin ley. En plena cacería a Glass lo desgarra, lo destruye una osa grizzli. Esa es una escena impresionante; se podría argumentar que toda la película es esa escena: el hombre contra la adversidad que es el ambiente salvaje. Sí, pero también el hombre tras la venganza.

La venganza no es contra la naturaleza cruel, sino contra la crueldad más calculada del hombre. Fitzgerald (Tom Hardy), compañero de partida de caza de Glass, se había quedado atrás con la misión de cuidar al herido: lo que hace es enterrarlo vivo. Y algo más: mata al hijo de Glass delante de él. Hardy es despiadado a pesar de que su papel es breve.

La película no toma atajos para llegar a su objetivo. Es calmada, casi contemplativa, pero no aburre. Dicen sus detractores que le falta anécdota. Pues bueno, yo prefiero una cinta a la que le falte anécdota de este modo: contando, contando poco a poquito lo que tiene para nosotros. Lo que es cierto es que la cinta se ha visto inflamada por el Oscar buzz. Tiene varios lados flacos por los que no es una de las mejores cintas del año. Primero: su guión es predecible. Puede ser predecible (lo es), pero a tantas películas les perdonamos la predictibilidad... quisiera decir que la cinta es muy intrigante: no lo es. Pero tiene la gracia de hacernos el viaje bello y limpio. Sí, la foto de Lubezki es el truco; también el guión de Mark Smith e Iñárritu es un triunfo de la sencillez.

Segundo: Leonardo Dicaprio no da, a mi parecer, la mejor actuación de su carrera. Sin embargo todo parece indicar que ahora sí (¡sí!) le darán el Óscar como mejor protagonista. ¿Por qué me parece que no se merece el premio? Porque en la cinta solo tiene dos registros: frío y dolor. Las actuaciones se notan en las cosas sutiles y no hay nada sutil en el Glass de Dicaprio.

Pues sí: me gustó The Revenant. ¿Soy de la porra mexicanota y patriotera de la próxima entrega del Óscar? Espero que no, porque no soy fan de Iñárritu. Susurro: Lubezki sí es mi gallo. Ra ra ra.