Advertencia al lector. Esta entrega va en dos bloques que se intercalan. En el primero, encontrará algo de la abundante agenda de inconvenientes que aquejan a Difusión Cultural de la UNAM. En el segundo, extractos de una entrevista que le hice a su nueva directora, María Teresa Uriarte Castañeda, publicada en la sección cultural de El Universal el martes 6 de junio del 2006 y que nos ayudan a saber de ella.

En el ciclo escolar 2010-2011, la matrícula sumó 316,589 alumnos. El presupuesto para este año es de 31,654 millones de pesos, de los cuales 8.2%, alrededor de 2,600, es para extensión universitaria . Estimo que de esta cantidad, 1,800 millones se van en gastos de operación y el resto en lo que se denomina inversión , es decir, actividades. Ésta es una evidencia del desastre de las políticas que sostienen la estructura de la dependencia.

Las estadísticas elaboradas por la universidad dan para más: mientras en el 2006, con 1,607 millones de pesos se atendieron 3 millones 539 personas, en el 2011 con 2,403 millones fueron 1 millón 947,000 personas atendidas.

Mi padre, Juan Antonio, vasco, y por oficio panadero, me enseñó que no tenía otro país que éste. La presencia de mis abuelos está en el extraordinario bacalao a la vizcaína que preparo. Irene, mi madre, fue sobrina-nieta del general revolucionario Felipe Ángeles ¡cómo no quieren que tenga un germen anarquista! De ella viene directamente mi gusto por la historia. Vivía en la colonia Guerrero, en un edificio donde había muchos refugiados españoles y, naturalmente, las conversaciones eran de gente con un nivel educativo y cultural muy amplio.

Difusión Cultural de la UNAM tiempo hace que va perdiendo protagonismo. En buena parte de las tareas en las que fue pionera, quedó rezagada: en televisión, absurdamente impedida de tener canal propio, en la promoción del cine, en la oferta radiofónica, en la producción editorial -ámbito en el que se deja en manos de una cofradía la revista oficial, se consiente una feria inoperante, amén de ni siquiera contar con una librería digna-, en las artes plásticas, en la danza y en la música, disciplinas arrolladas internamente por el abandono de las vocaciones, por el invento de las que no les corresponden, por la persistencia de los cacicazgos intelectuales, por el abuso sindical, por la incapacidad de innovar (asignatura en la que subyace un problemón de sustitución de personal por edad). Externamente por la amplia oferta de bienes y servicios a los cuales no respondió con un sentido audaz de competencia por las audiencias, sobre todo para retener y formar a las propias.

La política me interesó hasta que me casé con Francisco Labastida Ochoa, hace 20 años. Si me hubiera inclinado por ella, al menos habría sido Diputada, pero no me mueve en lo más mínimo (…) Momentos difíciles: la campaña a la Presidencia del 2000. Los dos sabíamos que podríamos perder. Teníamos muchas razones, muchos cabitos que atar (…) México necesitaba un cambio, y desde el poder se alentó mucho. Lo vivimos, lo sentimos. Yo estoy convencida de que el verdadero cambio estaba en Francisco y en la mujer que lo hubiera acompañado, que no tenía precedente en la historia de México.

Es notable la imposibilidad de dar mayor carácter a la difusión de la cultura con la investigación y la docencia. La UNAM no cuenta con un centro de estudios culturales influyente, no sabe de estadísticas e indicadores sectoriales, sobre la medición comparable con los otros agentes que intervienen en el mercado, no valora su impacto cualitativo, no ha querido asumir su papel en la economía cultural, no atreve a reformar sus relaciones laborales, no toca a sus santones y menos busca modelos de gestión que apunten a un desarrollo sustentable, donde el asistencialismo se supla con la corresponsabilidad.

Teresa Uriarte dio grandes muestras de sus alcances cuando su esposo fue Gobernador de Sinaloa. No dudo de que como esposa del presidente Labastida hubiera impulsado reformas que siguen en la lista de pendientes.

Soy bastante neurótica, muy ordenada. La historia es la madre de la vida.

Lo que vale lo que significa. Divididos los 13 millones de pesos entre 24,000 unidades del acervo adquirido por el Conaculta a la familia de Monsiváis, da un costo por pieza de 541 pesos. En los renglones torcidos del coleccionismo, sólo los expertos saben.