No, no se trata de que esta columna, influida por la visita de Benedicto XVI, se va a convertir en un espacio de rezo, ruegos y meditación. No. Se trata de una noticia que me dejó cariacontecida y patidifusa. Esta columna quiere hacerle un ruego a sus lectores. A esos vamos en un par de párrafos.

Me sorprendí cuando leí la noticia: John Carter, película de la casa Disney, es uno de los más grandes fracasos de taquilla de la historia. A la fecha, la cinta ha perdido casi 200 millones de dólares y no ha alcanzado siquiera a recuperar una tercera parte de su costo. Como bien sabe el lector de El Economista, esos números deberán ajustarse a la inflación y compararla históricamente con otros fracasos taquilleros para asegurarlo, pero no cabe duda: John Carter es un fracaso estrepitoso. Espectacular. Memorable.

He aquí el ruego: por favor, no ya para salvarla del fracaso taquillero sino por interés propio de usted, señor lector, le ruego que vaya a ver John Carter.

Me parece tan injusto el desbarranco de la cinta. He visto John Carter dos veces. Dos. Y ambas me la he pasado bomba o como dice el poeta: a todo dar.

La cinta, dirigida por Andrew Stanton (director de Buscando a Nemo y Wall-E, guionista de Toy Story 2 y 3), es una aventura que comienza como un folletín decimonónico, se convierte brevemente en un western y finalmente es una space opera, es decir una historia de ciencia ficción mezclada con fantasía.

John Carter es un veterano de la Guerra Civil estadounidense. Por azares del destino, un día se ve transportado a Marte (el cómo es demasiado complicado para explicarlo rápidamente en esta columna. Le digo: vaya a ver la película).

En Marte, Carter se convertirá en héroe y se verá atrapado en otra guerra civil en el planeta rojo. Allá arriba, Carter tendrá que salvar a una princesa y liberar a una ciudad del yugo de otra, además de hacerse amigo de una raza de alienígenas de colmillos largos y cuatro brazos.

Tal mezcla fabulosa de géneros no es casualidad. John Carter está en una serie de cuentos y novelas escrita por Edgar Rice Burroughs, el famoso creador de Tarzán (John Carter es su segundo héroe más conocido). Rice Burroughs es, como Carter, un genio entre dos mundos: la tradición del siglo XIX de la novela de aventura y la novela modernista del siglo XX.

Si la historia de Carter le parece derivativa, muy parecida a otras (Star Wars, por ejemplo), piense de nuevo: en realidad el origen de varias de las sagas fantásticas que han ocupado la pantalla de plata se alimenta de las obras de Rice Burroughs. Primero fue John Carter, después (mucho después) fue Luke Skywalker.

No me explico por qué a John Carter le ha ido tan mal en taquilla. Quizá sea que el título no es muy evocativo, quizá sea que Stanton haya optado por usar actores de carácter que no son necesariamente superestrellas. El director eligió a excelentes actores salidos de serie de televisión: Dominic West (The Wire), Bryan Cranston (Breaking Bad) y Ciaran Hinds (Rome). Y para rematar, como Carter, otro actor de televisión: Taylor Kitsch, de Friday Night Lights.

No es hora de ponerse a psicoanalizar a la audiencia ni de adivinar las causas del fracaso. Como cosa cierta, lo único que puedo hacer es recomendarle apasionadamente, vehementemente, que vea John Carter, esa película fracasada, futura cinta de culto.