Como ya se está acabando el año, le voy a hacer honra a mi nombre y echaré la concha . Eso pensé hace una semana cuando me metí a cine VIP de Universidad. Tenía ganas de ver una peliculita tumbada en esas poltronas decadentes que ofrecen como asiento. Segura de que me iba a dormir un rato, compré boleto para la cinta sensación de la última Muestra de Cine. No soy muy de la Muestra, es la verdad, entre tanto cine fifí francés y depresiones alemanas no me hallo.

Pero, en fin, fui a ver Relatos salvajes del argentino Damián Szifron porque otra amiga muy cinera me dijo que estaba buena, o que eso decían la horda de hipsters semiilustrados que atiborran la Cineteca.

Me voy a dormir -me dije-, pagué casi 200 pesos por dormir en una poltrona con pantalla . Cuando ya me estaba acomodando, que empieza la movie. Caray, se me había olvidado lo bonito que es el español argentino, especialmente cuando se le consigue capturar de una manera muy libre y natural.

Dos personajes se encuentran en un avión y hacen plática. No se conocen, desde luego. Una es mujercita de muy buen ver y el otro es un señor cincuentón calvo ( pelado , como dicen los argentinos). Es claro que el señor lo que quiere es ligar o al menos tener la fantasía del ligue. Ella le sigue la conversación sin entusiasmo.

De pronto sale al tema un exnovio de ella, un músico sin éxito. Ah, caramba: el señor sin pelo también le hace a la música. Tanta coincidencia, aja. ¿Ah, sí? Pues resulta que los dos conocen también a una tercera persona del mundo de la música. El ligue como que se va haciendo más probable. Y que interviene una señora menuda de la fila de adelanta para decirles que ella también conoce a ese tercero.

De pronto el avión se convierte en un punto de coincidencia cósmica: el fulano de al lado también conoce al tipo. Y de allá y el de acá. ¡Todo el avión conoce al tío! Y de repente, que el avión se empieza a caer. Y que así empieza Relatos salvajes.

Lo que les cuento es una versión torpe del primer relato . Es como una droga: el verdadero high tienes que sentirlo para entenderlo. Por supuesto que me desperté y disfruté las dos horas más satisfactorias de mi año fílmico. Hacía un rato que no me la pasaba tan tremendo con una película.

Relatos salvajes se conforma de seis cuentos de la comedia más negra. Digo cuentos y no cortometrajes porque se sienten más como una experiencia literaria. Es como leer un libro de cuentos espléndido, digamos de Flannery O’Connor o los Cuentos crueles de Auguste Villiers de L’Isle Adams, o como tener en tus manos el destino del maestro que te hizo complicada la vida toda la secundaria y decides vengarte de la manera más manchada. Así de satisfactorio.

Son seis cuentos que lo único que llevan en común es un humor sardónico hasta la médula y unas ganas de llevar la vida hasta las últimas consecuencias. Ganas de ser un héroe maldito en la Argentina clasemediera contemporánea.

Un delincuente entra a un cafetín de la carretera, la mesera es una de sus víctimas pasadas y tiene la posibilidad de revancha, ¿lo hará? Una pelea carretera que deriva en un performance pasional bárbaro. Un ingeniero experto en explosivos que se gana el apodo de Bombita por impulsivo. Una boda completamente común termina en algo que siempre falta en las bodas: total y puro amor. La idea de Relatos salvajes es ésta: vivamos como flamas. Carbonicémonos en nuestras pulsiones más bestiales.

Siento que no le estoy haciendo justicia a Relatos salvajes. Ya ven, a veces el Garage se abre con prisa o con algo que no sé qué es que impide capturar del todo la grandeza de una obra. No tengo suficientes elogios para Relatos. Todavía está en algunas salas del DF, pero si no la alcanzan búsquenla donde puedan, pirata o como sea. Háganme caso aunque sea esta vez. Seamos bestias.