Es nuestra obligación apoyar a los compositores de la música actual […] aunque nuestra relación (con ellos) es a veces difícil porque creo que los humanos estamos biológicamente hechos para la música tonal , dijo Riccardo Muti en conferencia de prensa. Habría que tratar de definir de quiénes es esa obligación. ¿De los directores y sus orquestas? ¿De los festivales? ¿De la prensa y los críticos? ¿Del público?

Será, desde luego, de quien la quiera tomar. Y por lo pronto el Festival Cervantino lo ha hecho con entusiasmo y haciendo gala de una voluntad incluyente aplaudible aunque a veces esto conduzca a algunos desatinos y desencuentros que más que invitar al público (que tiene todo el derecho de no asumir responsabilidades musicales) a sumarse a esta empresa lo alejan.

EXCELSOS Y ROMÁNTICOS

Por lo pronto Muti no hizo caso de su propio consejo. En el espléndido concierto que ofreció al frente de la Orquesta Sinfónica de Chicago el programa estaba formado por sendas sinfonías de Cesar Franck (en re menor, una obra fascinante) y la Segunda (en re mayor) de Brahms, así que el único pero que se le pudo poner fue que, con dos compositores tan cercanos en el tiempo (las sinfonías fueron estrenadas con tres años de diferencia), no había contraste estilístico ni oportunidad de ver cómo tan magnífica orquesta aborda diversas corrientes (ni siquiera en el encore, un Nocturno de un compositor napolitano igual de romántico que los otros).

Por lo demás, la OSC y su director hicieron el lunes gala de su inmensa calidad artística y emocional.

DESDE MOZART HASTA AYER

La Camerata de Salzburgo, un par de días antes, un tanto sorpresivamente sí cumplió esta obligación de apoyar a los compositores actuales, y entre dos obras de Mozart (Divertimento en si bemol mayor y Preludio y fuga en do menor) y una de Tchaikovsky (la estupenda Serenata en do mayor) tocó Nebelstein Muzik o Concierto para violín no. 2 de Heinz Karl Gruber, compositor nacido en 1943 que con su lenguaje atonal contrastó fuertemente con el clasicismo y el romanticismo de sus compañeros de programa.

Pero ese contraste fue muy bienvenido, en especial porque en ninguna de estas obras la camerata austriaca, que tiene la peculiaridad (para Europa) de ser financiada por diversas empresas privadas, dejó de transmitir entusiasmo y musicalidad. Sin director al frente, aunque con más indicaciones del primer violín (Alexander Janiszek) los músicos daban la impresión de haberse apropiado de la obras a la perfección.

EN EL PARTEAGUAS

A estas alturas es evidente que no podemos pensar en Debussy como un compositor contemporáneo, sin embargo, con sus escalas de tonos enteros fue sin duda un pionero en la búsqueda de escapar de la tonalidad que, según Muti, nos es biológicamente entendible, y por lo tanto quizá aún no lo entendemos cabalmente.

Así que haber traído al que es reconocido como quizá el mejor intérprete de Debussy al piano, Francois Chaplin, puede considerarse un esfuerzo por la música contemporánea.

Con el Auditorio de Minas lleno, Chaplin estuvo fantástico… y un poco pesado. Una vez más faltó contraste. Todo un programa dedicado a un solo compositor puede ser muy interesante para quien ha asumido obligaciones con la música, pero no tanto para el público en general.

Sin embargo, Chaplin se dio la oportunidad de diversificarse y concedió nada menos que tres encores con piezas de Chopin.

EL CONTRASTE, A LA MALA

En el extremo opuesto estuvo el mexicano Liminar Ensamble de Música Contemporánea, que aunque dice tener entre sus preocupaciones la formación de nuevos públicos más bien parece tener entre sus ocupaciones el alejamiento de los mismos.

Con la interpretación de la primera parte de su programa hicieron que en este comentarista surgieran añejas preguntas como: ¿Si una composición carece de melodía, ritmo y armonía realmente forman parte de la música? ¿Los compositores que inventan su propio lenguaje, o adoptan uno que casi nadie ha comprendido, esperan que nosotros, el público, lo entendamos?

Este comentarista no pudo quedarse a la segunda parte del programa y se sintió aliviado.

PARA TERMINAR DE BUENAS

El estadounidense Cuarteto de Cuerdas Amernet presentó obras de dos mexicanos (Héctor Quintanar y Gabriela Ortiz) y un estadounidense (Elliot Carter), todos ellos vivos y en el caso de Ortiz, aún joven (y bella).

En el programa impreso, la obra de Ortiz, Baalkah, para soprano y cuarteto, era la primera, pero se avisó que sería la última. Tras escuchar las tres obras, este comentarista supo que la razón de este cambio no era que la soprano (Rachel Calloway) se hubiera retrasado o que, por tratarse e cantos en maya, el cuarteto haya decidido hacer una alegoría entre el supuesto fin del mundo y el de su recital.

El cambio obedeció, probablemente, a que la obra de Ortiz era la que menos se compromete con el experimento y más con la expresividad. En otras palabras, era la que más entendería y apreciaría el público. Y así fue, aun cuando Amernet se lució con las piezas de los otros compositores, la pieza de Ortiz conmovió y recibió una ovación de pie.

[email protected]