- ¿Me podrías indicar hacia dónde tengo que ir desde aquí?, preguntó Alicia.

- Eso depende de a dónde quieras llegar, respondió el gato.

- A mí no me importa demasiado a dónde.

- En ese caso, da igual hacia dónde vayas.

- Siempre que llegue a alguna parte, musitó Alicia.

- ¡Oh! Siempre llegarás a alguna parte si caminas lo bastante.

Alicia en el país de las maravillas, Lewis Carroll.

Lewis Carroll, que no se llamaba Lewis Carroll, sino Charles Lutwidge Dodgson, vino a este mundo el 27 de enero de 1832 en la aldea de Daresbury, región de Lancashire, condado de Cheshire —igual que su famosísimo gato—, en Inglaterra. Fue el primogénito de una familia compuesta por cuatro varones y siete niñas, todos zurdos y ligeramente tartamudos. El padre de tan nutrida prole era el vicario del lugar y la infancia del futuro Carroll muy sosegada, quizá demasiado aburrida y por ello razonablemente feliz. Curioso e inteligente, en su juventud emprendió un camino que muchos creyeron iba directamente hacia el absurdo. A la ficción. Más hacia la caricatura que al retrato, mejor atrás del espejo que frente a su reflejo y marcado por una obsesión de tomar fotos. Parecía disperso e inconstante, pero, sin duda, llegaría hacia alguna parte. Por lo pronto, a la inmortalidad literaria.

El hecho de haber nacido dentro de una familia multitudinaria convertiría al futuro escritor en algo muy diferente a lo que se esperaba: desde niño tuvo una timidez exasperante, insomnio crónico, sordera en el oído derecho, un tartamudeo que lo haría sufrir lo indecible y mucha dificultad para reunirse con la gente,

Sin embargo, aquellos defectos venían acompañados de un extraordinario don y por ello el trabajo y la ocupación de su vida, así como su diversión favorita, fueron las Matemáticas. Las eternas noches que pasaba despierto las ocupaba planteándose problemas y descifrándolos. La palabra escrita consoló sus tropiezos con la palabra hablada y su extraordinaria timidez logró formar un círculo social compuesto de profundas amistades con los niños. Especialmente con las niñas pequeñas. Las comprendía perfectamente. Era su natural y delicioso compañero. Fácilmente tomaba parte en sus juegos, inventaba siempre algunos nuevos y les contaba cuentos. Después decidió escribirlos y publicarlos. Y sus relatos vieron la luz con el seudónimo Lewis Carroll.

La historia de su texto más famoso es cierta: en 1862, en el curso de uno de sus paseos habituales con la pequeña Alice Liddell y sus dos hermanas, les relató una historia maravillosa: “Las aventuras subterráneas de Alicia”. El libro se publicó en 1865 con el título de Las aventuras de Alicia en el país de las maravillas. Él mismo pagó la edición que resultó un éxito de ventas y pronto escribió una continuación, titulada A través del espejo y lo que Alicia encontró allí (1871).

Poco a poco, y a lo largo del tiempo, ambos libros levantarían polémica al ser analizados de manera maliciosa: la locura de El Sombrerero que invita a Alicia a tomar el té se interpretaría como un retrato de Carroll dando mal ejemplo a la niñez, el hecho de que las cosas pudieran hacerse grandes o pequeñas con sólo beber o tomar algo fue interpretada como un gusto del autor por las sustancias tóxicas y muchos de los capítulos como alucinaciones. Sin embargo, después se sabría que Carroll había insertado juegos matemáticos, enseñado a los niños los principios del ajedrez —con su reina mala, que era la pieza más importante—, compartido su felicidad por tener un microscopio, que permitía ver a una pequeña amiba grande como un gigante, y de paso lanzar una velada crítica a las convenciones sociales del pueblo inglés.

Parece que su historia literaria terminó allí, pero fue más larga. Además de las conocidas aventuras de Alicia, Carroll escribió muchos textos, todos combinaciones de fantasía, disparate y absurdo con incisivas paradojas lógicas y matemáticas, otros con un increíble derroche de poesía. Además del país de las maravillas, Carroll nos regaló textos insólitos: en “Fantademagoría”, por ejemplo, un tratado de cómo tratar con un fantasma, con sus respectivos consejos para el aparecido: “Ningún fantasma con sentido común empieza una conversación” y prevenciones útiles para los dueños de los inmuebles encantados: “Las casas están clasificadas, tengo el honor de decirle, según el número de fantasmas que albergan. El inquilino apenas cuenta como carga, junto con el carbón y otros trastos”.

Carroll, que murió el 14 de enero de 1898, fue un ferviente creyente de que el tiempo era un absurdo y los relojes un aparato de medidas equívocas, porque, sin importar lo que marcaran sus agujas, siempre, en alguna parte del mundo, todo el tiempo eran las 6 (y por ello no tenía ningún sentido tener prisa).

Al final del camino escribió en un papelito una suerte de declaración de principios: “Si así fue, así había sido y si así fuera, así podría ser; pero como no fue, no había sido, quizá por eso nada había sido nunca. Pura lógica”.