Ponerle Queremos tanto a Rius como nombre a una exposición en el Museo del Estanquillo, como una coincidencia o como una influencia del título del cuento de Cortázar, no es improvisado ni poco excesivo. Las risitas disimuladas que quieren convertirse en carcajadas sobre las vitrinas que protegen los cartones ocurrentes del caricaturista de nombre Eduardo del Río, ese mismo que iba a ser sacerdote pero, por suerte, fue expulsado por culpa de su personalidad indomable, son síntomas del cariño del público para quien arrojó al mundo más de 150 libros, tan didácticos como simpáticos, y que fue punta de lanza de la lucha por la libertad de expresión en México.

El motivo, las vísperas del primer aniversario luctuoso del creador de series de historietas tan fundamentales como Los agachados y Los supermachos. Otra razón, porque pareciera que Rius es más vigente que nunca, o mejor dicho, más vigente que siempre. Lo dicen cartones como el titulado Misiles de China y Estados Unidos y fechado en 1964, donde el Tío Sam pega el grito en el cielo porque a la distancia observa que un líder oriental posee un pequeño misil, pero prefiere ignorar que detrás de sí hay un arsenal de misiles de todos los tamaños y alcances.

También lo dicen las decenas de trabajos de los más influyentes moneros y artistas gráficos (como Rafael Barajas El Fisgón, Antonio Helguera, José Hernández, Helio Flores, Ángel Boligán o Alejandro Magallanes) realizados ex profeso para la exposición y algunos otros trabajados en agosto del año pasado, como una reacción natural para despedir a quien iniciara su historia en la cartonería, casi por coincidencia, una vez que el editor de la revista Ja-ja lo conociera uno de esos días de noviembre de 1954 en los que le urgía usar un teléfono inmediatamente y decidiera entrar a la agencia funeraria Gayosso que entonces se ubicaba en la avenida Hidalgo del Centro Histórico, y se fijara en ese joven telefonista que gustaba de hacer monitos cada que le tocaba “matar el tiempo” en el trabajo.

Esa historia la comparte Rafael Pineda, Rapé, director de la revista El Chamuco y Los Hijos del Averno y uno de los responsables de este homenaje, a través de una pequeña historieta en el inicio de la exposición que termina con un “El resto es historia…”, junto a otra fotografía en la que aparece Rius en 1942, durante su primera comunión, en la que él mismo relata la escena:

“La foto para quienes me conocen, es todo un tratado de historia. Acompañado de mi padrino de 1a Comunión, el P. Quintín Paredes, Sacristán Mayor de Catedral y encargado de las abundantes limosnas del templo máximo, no parezco imaginarme como futuro ateo”.

Rius, el de humor imperecedero y el de rostro de diablo con la lengua de fuera, aquel en honor a quien el resto de generaciones de moneros dijeran: “Somos ateos gracias a Rius”. Ese Rius que en los primeros años de su trabajo gustaba de hacer un remate con la forma de un periquito sobre la letra ese de su firma; el papá del icónico Juan Calzónzin enrollado en una cobija eléctrica, pero también el de las acuarelas de flores, el de los peces en óleo sobre tela y el de minuciosos dibujos de tinta sobre carboncillo, la gran mayoría firmados por un tal “Del Río”. Todo ese Rius para extrañarse, en el Museo del Estanquillo hasta el próximo 7 de octubre.

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