¿Qué tanto cambió la vida cultural en 24 años divididos en dos sexenios priístas, dos panistas, atravesados por un DF perredista, por la pluralidad en gubernaturas y municipios, inmersa en la llamada transición política?

Muchísimo. Por principio, tenemos una visión de sector , aunque no existe, y apenas asoma la caracterización del mismo gracias al empoderamiento de la economía cultural, cuyo resultado será una Cuenta Satélite en el INEGI al cursar el 2013. Es decir, habremos tardado un cuarto de siglo en significar y medir lo cultural como nodo del aparato productivo.

En 1988, la centralidad del Estado no daba espacio a la justa identificación y puesta en valor de los distintos actores que desde los ámbitos social y privado contribuían a dar sentido a los procesos culturales en todas sus escalas. Somos otros, ya que la globalización, la diversificación comercial, las privatizaciones, la desregulación, la mundialización, la expansión de las zonas metropolitanas, la sociedad civil organizada, las tecnologías y la demanda de empleos dinamizaron los subsectores culturales que, dispersos, quedaron en el Sistema de Clasificación Industrial de América del Norte que nos rige.

De finales de los años 80 al iniciar la segunda década del siglo XXI, siendo el eje la actividad económica con Estados Unidos, el alud de tratados comerciales con sus productos transformaron las maneras de entender y apropiarse de lo cultural. La geopolítica también puso lo suyo con el derribo del Muro de Berlín y la Unión Europea. De ese entonces a estos días, no sólo una definición que a todos convenza cabe: la cultura se mezcló con recreación, entretenimiento, diversión, ocio. Funcionalmente, permeó hasta al narco, en esos lejanos lustros ya muy activo. Los públicos, que eran objeto de largas disertaciones al sentirlos descarrilados del ideal de formación que el nacionalismo procreó si bien, con nostalgia, aún alientan empeños académicos e institucionales, fueron sustituidos por los consumidores y según García Canclini, por los prosumidores , gente y conglomerados que devoran símbolos y bienes que median, reconvierten, ofertan e instalan marcas, imaginarios, códigos, mercancías. Una sociedad nacional totalmente distinta, cuya franja de pobreza es la misma pero diferente.

En la refriega de la democracia, todos los poderes, sin excepción, anduvieron la ruta del 88, que privilegió la tercerización. Para efectos del sector cultural , al hacer un recorrido, son notables tanto los bienes como los males. La oferta de contenidos, de servicios, de acceso a variedad de productos se traduce en miles de micros, pequeñas y medianas empresas que cotidianamente entablan una feroz lucha con los grandes negocios, las transnacionales e industrias del campo tan consentidas por el poder político.

En tal dinámica, no dejamos de ser importadores por igual de economía creativa que de economía del conocimiento. Auge exponencial en virtud de una abundancia sin precedente, punta de lanza el catálogo de la era digital. En paralelo, se consolidó un mercado interno: el espectáculo en vivo, el galerismo, la gastronomía, la arquitectura, el diseño en sus notables aplicaciones y el desarrollo de software son ejemplos de innovación con sello propio. El comercio cultural llega prácticamente a todo el país, coexiste, agrega, complementa, compite y en no pocas ocasiones anula los bienes y servicios culturales del Estado.

En medio de las desigualdades, no somos los de entonces. En la amplia pista de la vida cultural , el gran cambio provino y es sostenido por quienes convirtieron su creatividad y producción cultural en una forma de vida que, sin dejar de emitir significados, al ser nacional también que genera recursos para vivir. Son quienes se llevan las palmas.

LO QUE VALE, LO QUE SIGNIFICA. Dirigido por Germán Rey, el Centro Ático de la Pontificia Universidad Javeriana, en Bogotá, es el único en América Latina que integra los recursos tecnológicos de audio, video y TIC para el entretenimiento y la producción de proyectos de la comunidad universitaria, el país y la región . Un edificio de siete pisos, una inversión de más de 35 millones de dólares.

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