En un mundo donde la máxima es la empatía —ponerse en los zapatos del otro para poder entenderlo—, el psicólogo Paul Bloom irrumpe con un argumento incendiario en contra: para él, la empatía es un sentimiento cuyo efecto es perjudicial para la construcción de una mejor sociedad.

En su libro Contra la empatía (ed. Taurus), el académico de Yale tratará de convencernos para que todos estemos en contra de la empatía, ya que considera que ésta es una guía moral mediocre que se fundamenta en juicios pobres y con frecuencia motiva a la indiferencia y a la crueldad.

Bloom reconoce las bondades de la empatía sobre todo en lo relacionado con las artes, los deportes y la ficción, pero no confía en ella con respecto a problemas cotidianos, sociales y políticos. Aunque en algún momento afloja un poco y reconoce que no está del todo en contra de la empatía sino las formas erróneas en que usualmente se utiliza. Así pues, es como el colesterol: hay bueno y malo, así la empatía, nos dice Bloom.

El autor confía en la razón, aunada a la compasión, para construir nuestras relaciones personales y tomar decisiones: la empatía no es perfecta. De hecho, está llena de prejuicios y puede usarse para generar animadversión con ciertos grupos étnicos o comunidades específicas. Por ejemplo, Donald Trump ha triunfado entre cierto sector de la población estadounidense gracias a que ha generado empatía por la gente que ha sufrido a causa de las drogas —manejadas por los cárteles mexicanos—, o a manos de algún delincuente que, daba la casualidad, era migrante. El resultado es que muchos se vuelven empáticos para con los suyos, pero no con los migrantes; en este proceso cognitivo intervienen prejuicios raciales y xenófobos.

En uno de los capítulos, Bloom cita a Adam Smith: “Cuando vemos a un hombre agraviado u oprimido por otro, la empatía que sentimos por su dolor parece servir sólo para estimular nuestro sentimiento de solidaridad a partir del resentimiento contra el ofensor. Nos alegramos de verlo atacar a su adversario, y estamos ansiosos y listos para ayudarlo”.

Para ilustrar, el autor relata un episodio que tuvo lugar en 1945, en el campo de concentración de Dachau, donde varios soldados alemanes murieron a manos de estadounidenses de manera despiadada. El relato se cuenta a través de un oficial de alto rango que, si bien se horroriza del asunto, está convencido de que las “bestias” alemanas se lo tienen bien merecido.

Uno de los argumentos clave con los que Bloom sostiene su rechazo en contra de la empatía es el siguiente: “En su libro sobre la filosofía moral budista, Charles Goodman señala que los textos budistas distinguen entre compasión sentimental, lo que nosotros conocemos como empatía, y gran compasión, a la que nosotros simplemente llamaríamos compasión. La primera se debe evitar ya que agota al bodhisattva. La segunda es la que vale la pena buscar. La gran compasión es más distanciada y reservada, y puede prolongarse indefinidamente”. Así pues, la compasión no significa compartir el sufrimiento del otro sino sentir amabilidad, interés y preocupación por el otro.

Bloom reconoce que nuestro círculo moral se ha ampliado a lo largo de la historia: “Nuestra actitud con respecto a las mujeres, los homosexuales y las minorías raciales ha cambiado hacia la inclusión”; sin embargo, esto no se debe a que “nuestros corazones se hayan abierto a lo largo de la historia. No somos más empáticos que nuestros abuelos. No vemos a la humanidad como si fuera nuestra familia ni nunca lo haremos. Más bien, nuestro interés por los demás refleja una apreciación más abstracta que independiente de nuestros sentimientos: sus vidas tienen el mismo valor que las de los seres que amamos”.

Contra la empatía de Paul Bloom es un libro un tanto radical, pero que pone al descubierto que, para construir una sociedad mejor, debemos echar mano de todas nuestras herramientas cognitivas, sentimientos y de nuestra razón.

@faustoponce