Los poderes fácticos, las estructuras partidistas y los aspirantes a la presidencia, aún no permiten vislumbrar qué importancia le brindarán a los liderazgos culturales que el país ha forjado. Qué rol les otorgarán, según sus intereses y afinidades, en el proceso electoral del 2012.

Me refiero al conjunto de creadores, politólogos, académicos, gestores culturales, científicos, periodistas y gente de otros quehaceres cuyo pensamiento y acción incide en ciertos ámbitos de la opinión pública, en el propio ánimo de los operadores políticos. Se trata de una clientela cuyo voto o la estimulación del mismo, no pasa inadvertida. No inclina la balanza pero contribuye en el juego de los contrapesos.

No sé cuántos de ellos deban su activismo a una tragedia personal, a un evento social que los catapultó de sus escritorios, cubículos o laboratorios a la plaza pública. Mientras casi al ciento esos líderes llevan años en la escena, pensemos en Carlos Fuentes, Enrique Krauze, Héctor Aguilar Camín, Jorge G. Castañeda, Denise Dresser, Soledad Loaeza, Julieta Fierro o Elena Poniatowska, el poeta Javier Sicilia emergió y tomó un protagonismo -hasta ahora sin contrapeso- a raíz del asesinato de su hijo. Digamos el absurdo: si eso no hubiese ocurrido, la marcha del domingo tampoco.

Del posicionamiento sectorial y discursivo de Isabel Miranda, al del empresario Alejandro Martí, al de Patricia Duarte que perdió a su bebé en la clínica ABC, al del escritor reconocido que profesa una religión, hay una comprensible distancia. Los efectos de su accionar permean de diferente manera, sobre todo entre los de su gremio.

En unas semanas, un tipo de liderazgo cultural ha sacado de la congeladora contenidos de la reforma política. Abre un frente nuevo y desconocido al Ejecutivo. Genera encendida controversia al pasar de una motivación moral y cultural al desafío ideológico que se perfila con tintes partidistas, de aglutinamiento de una fuerza que sabe puede encajar en el proceso electoral. Provoca en Manlio Fabio Beltrones y Enrique Peña Nieto el ajuste de estrategias cuando ambos se saben tan cerca de Los Pinos. Radicaliza a los simpatizantes de Andrés Manuel López Obrador y de Marcelo Ebrard; deja paralizados a los siete del panismo.

Convertido en mediador dentro de un espacio que no tenía liderazgo, sin haberlo aún perfilado, nos indica otro campo que habrá de disputarse el año próximo: el de la cultura como uno de los ejes nodales de las campañas. Hay al menos dos componentes en esta lectura: hacia dónde se dirigirán tanto los líderes consolidados como los emergentes, y si alguno de ellos puede llegar al poder legislativo o a despachar como parte de un equipo presidencial.

Lo que hoy se teje en ntorno a Sicilia no sabemos cuánto va a durar y poco probable es que sus demandas sean atendidas. No es ya territorio de la administración que se va, salvo para garantizar la gobernabilidad en las elecciones; es de los que quieren tomarse Palacio Nacional.

En tal perspectiva, es más razonable que ciertos liderazgos culturales sean potenciados para actuar en la estructura política que tenemos, en la refriega que invariable habremos de vivir en el rito sexenal y que rogamos a los del crimen organizado faciliten su consecución. Que uno o varios movimientos acuerden y pacten para obtener curules y posiciones en el gabinete del que resulte electo, cuyo compromiso sea con eso que llamamos el sector cultural y la profunda reforma que demanda como engranaje sustantivo para encarar la recomposición del tejido social y productivo de la nación.

Gozamos de un amplio abanico que tiene perfiles y actuaciones que enriquecerían la composición plural que un nuevo gobierno puede intentar conformar. Puede ser desde el propio Sicilia, pasando por Andrés Webster Henestrosa quien despacha en la Secretaría de Cultura de Oaxaca, por Carlos Lara, quien ya fue legislador local por el PAN en Jalisco y trabaja en la Escuela de Administración Pública del gobierno capitalino, por Laura Esquivel que se desempeña en la delegación Coyoacán, por María Cristina García Cepeda que dirige el Auditorio Nacional o María Teresa Uriarte que encabeza un museo de la UNAM.

Si esto da para debate, lo incontrovertible es que la comunidad cultural con o sin acuerdos y liderazgos sempiternos, coyunturales o emergentes, hará su juego. Ocurre cada sexenio. El activismo bien o mal genera cuotas, la mayoría de las veces espejismos y también farsas. Algunos tenemos la seguridad de que el 2012 puede ser el salto definitivo en el posicionamiento sectorial. En menos de un año sabremos si se ganó o perdió en el intento.

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