El 2016 fue un año duro para la cultura del siglo XX. Sobre todo para el mundo pop. Innecesario repetir los nombres, sólo una cosa quedó clara: se iba una generación.

Y con ella se iba su arte, su música, su manera de hacer, hasta de mirar. Nosotros aquí en el nuevo milenio nos quedábamos huérfanos con el mandato de hacer lo nuestro.

Pero quizá el siglo XX siga vivo. Al menos así le parece a Damien Chazelle, director de cine.

Cuando presentó Whiplash, su magnífica ópera prima, muchos neófitos nos enamoramos del jazz. Pero del jazz jazz, el de Coltrane, Charlie Parker, Chet Baker. Dicen que los Millennials no tenemos aprecio por el pasado. Bien, Chazelle es un Millennial (nació en 1985) que ama no sólo el jazz, sino también al Hollywood más clásico.

Y he aquí La La Land: una historia de amor. Ojalá el whisky y las drogas dieran tanto placer como esta película. Chazelle ha creado algo que parecía olvidado. Ese algo es impalpable y parece casi sin nombre, pero lo tiene: charm, encanto.

Para comprenderlo no requiere mucho, sólo hay que ver la magnífica secuencia de entrada de la cinta. No me gustan lo musicales: caray, si hubiera podido me habría parado a bailar en plena sala de cine.

El crepúsculo de Hollywood

Ryan Gosling y Emma Stone brillan. Sebastian (Ryan Gosling) es un jazzista desencantado que sueña con tener su propio bar de jazz en Los Ángeles. Mientras tiene que contentarse con ser el tipo al que nadie hace caso, el pianista que toca música de fondo para comensales en restaurantes caros a los que no podría importarles menos quién fue Louis Armstrong.

Mia (Emma Stone) trabaja en un café. Como todas la muchachas ingenuas que llegan a Los Ángeles de un pueblo pequeño quiere ser actriz. Pero es una ingenua con filo: quizá su logre su sueño porque algo tiene, algo tiene. A pesar de las decenas de audiciones fallidas, Mia cree. Y todos queremos creer con ella.

La película es una fiesta de color (es un homenaje al technicolor) y música. Con un sentido del humor que recuerda a los diálogos entre Lauren Bacall y Bogie.

Y Chazelle logra hacernos amar Los Ángeles, una ciudad que roba tantos sueños como los crea. Es ese atardecer anaranjado tan especial. ¿Recuerdan Tangerine, la cinta del año pasado de un par de transexuales que también vivían en LA? Chazelle pinta con la misma paleta. El crepúsculo mandarina, donde la magia sucede.

Sebastian y Mia se encontrarán. ¿Se enamorarán? Una historia sencilla con jazz, y mucho tap. Saldrán bailando de la sala. Ya dije.

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