Bajo la luna, un cuarto de lavado en una azotea doméstica. Tinacos de plástico y de concreto en lo alto de los edificios aledaños y una tenue luz roja que proviene del cuartito. Adentro, un tendedero con ropa húmeda, una palangana de lámina, una parrilla y una tetera. Al fondo, las dos actrices se toman de la mano y dejan caer sus cabezas hacia el frente como si alguien las hubiera desenchufado, como si los cuerpos de un par de simuladores hubieran sido desconectados de la Matrix. Pero aquí no hay tecnologías ni simulacros. Sí ha habido teatro, en esencia: un arte capaz de desplegar una dimensión estética omnilateral que nos interfiere, nos hace ruido y nos conecta.

Lo único que necesita una gran actriz... es una gran obra y las ganas de triunfar, creación colectiva a cargo del grupo teatral Vaca 35. Teatro en grupo, es una ejecución libre a partir de una pequeña obra, considera un clásico del siglo XX, Las criadas, de Jean Genet. A cargo del joven director Damián Cervantes, la pieza retoma temas de la obra de Genet (la identidad, el desasosiego, la soledad, la vulnerabilidad, la marginación) con base en un modelo de remezcla que conjunta tanto una ética del lenguaje (frases poderosas que se traducen en impostaciones vocales de estruendo o poesía en la dramaturgia) como una política del espacio: la inserción de lo teatral (no de lo performativo) en el espacio público; mezcla que se intensifica a partir de provocar los sentidos.

Las actrices esperan adentro del cuarto haciendo movimientos de calentamiento y entonación, desde que el espectador sube por una imposible escalera de caracol. Arriba, la azotea funciona como un oráculo ante una pregunta hipotética: ¿cuáles son los límites vectoriales de una ciudad circunférica? Un avión sopla con su estruendo; tan solo a unos metros, los automóviles circulan por el segundo piso del Periférico. En la planta baja de este edificio se dan clases de yoga.

No hay primera ni tercera llamada. Hay solo un guiño y después la acción dramática inicia. A los dos segundos ya está pasando algo y ese algo se vuelve cada vez más y más envolvente, como un remolino, y es aquí cuando hay que tomar el trago espirituoso. Las actrices tejen palabras y movimientos de un modo vertiginoso. Es imposible seguir puntualmente sus frases pero el remolino es intenso y artístico: una adentro, la otra afuera, después una lava la ropa dejando caer agua sobre una pileta y después cuelga esas prendas en el tendedero, la primera tiene una voz que colma el cuarto, la segunda una agilidad que equilibra la fuerza. El público se entera de que las actrices actúan que están actuando. Hasta aquí Las criadas, pero siguen las ganas de triunfar.

Sin perder de vista el texto epigonal, esta obra de teatro dialoga con dos temas centrales: el primero de ellos es la vida como un estrato invisible, la vivencia mecánica, como marionetas, y en segundo lugar, el teatro como espacio de autenticidad en un mundo que ha transformado al arte en una mercancía, que ya no sabe leer ni nutrirse del arte sino solamente comprarlo o hacerlo pedazos.

Las actrices, desde la primera mirada que cruzan entre ellas, logran convencer al espectador de que este juego va en serio, de que sí, ésta es una obra de teatro, pero requiere agallas, no solo por parte del elenco y los creativos, sino exige agallas del público. Diana Magallón y Mari Carmen Ruiz se conectan de un modo preciso: intentando alejarse y diferenciarse cada vez se proyectan y se conforman como una pieza única. En el sentido simbólico, el reto es grande porque físicamente las actrices son diametralmente opuestas. Si en algún punto aún se puede rastrear el teatro comprometido es en obras y con actrices como éstas.

Enrielada con el presente, la obra incorpora la mimetización de las identidades y la hiperrealidad de los afectos. Se intensifican las emociones y la sensibilidad reales a partir de una provocación lúdica. La comunicación con los sentidos es un recurso efectivo: se cocina comida, ésta huele tanto como el agua con la cual las mujeres se bañan, la saliva que ellas escupen pesa y causa asco, la piel de las dos se mira nítida. Elementos que dan paso a lo obsceno y al teatro ultramoderno. En un momento de la pieza, las actrices profieren insultos una contra otra y parece que su interior lacerado es el que habla: gorda, puta, pendeja, asquerosa, dicen ellas, y después su arrepentimiento también fluye con plena naturalidad.

El público intima y se reconoce en momentos de euforia, estruendo y vulnerabilidad, y es en ese reconocimiento donde este teatro vence a los presupuestos y los apoyos que se cuentan con foquitos en las marquesinas pero no con lágrimas de los espectadores o desgarramientos internos.

Cuando la función termina, los aplausos apenas suenan como un blandengue aguacero. No se puede esperar más: menos de 10 personas aplaudiendo en el interior de un cuarto sin acústica suenan como una orquesta de focas. En el fondo, la obra duele y sacude. Es difícil aplaudir cuando a alguien más se le ocurre la gracia de removerte por dentro. Pero si eso no es lo que buscamos en el arte, quizá sí seamos como unas focas que han aprendido su gracia y aplauden nomás por aplaudir.

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