El último día del mes que se fue, apenas antier, el poeta hubiera cumplido 79 años. El año en que nació José Emilio Pacheco, el Castillo de Chapultepec se convirtió en el Museo Nacional de Historia, se murió Sigmund Freud y T.S. Eliot publicó The old possums book of practical cats. La Guerra Civil española terminaba y la Segunda Guerra Mundial estaba comenzando.

La ciudad de México, su lugar de nacimiento, sí era la región más transparente, presumía de sus palacios y sus plazas y era la perfecta musa de cancioneros y poetas, la locación ideal para que relumbrara el cine de oro y una asombrada metrópoli que no daba crédito a la modernidad que la alcanzaba cada vez más rápida y reluciente. Los libros de Pacheco nos dijeron que muy probablemente fue un niño en la colonia Roma. Sus lectores quisimos pensar que la historia de Carlitos —el héroe de Las batallas en el desierto— era la suya propia con otro nombre y otros adjetivos, la de “un niño héroe librando el más solitario de los combates”, como algún día lo dijo Vicente Quirarte.

Poco antes de cumplir 20 años, Pacheco publicó su primer libro La sangre de Medusa y otros cuentos marginales. El calendario indica que fue el mismo año, 1958, en el que Juan José Arreola publicó su Bestiario, pero nadie nos había dicho que la relación entre estos dos escritores fue más cercana que una coincidencia editorial. El mismo Pacheco, que poco hablaba de sí mismo, en una entrevista, confesó: “En aquel tiempo no existían los talleres literarios. Me hubiese gustado mucho ir a uno porque así no habría tenido luego la necesidad de corregirme tanto. Ahora, debo decir que fui muy cercano a Juan José Arreola. Estuve con él y fui su amanuense, me dictó su libro Bestiario. Como él tenía que entregar ese texto y se enfrentaba a algunos problemas de diversa índole, le dije: ‘acuéstese, me dicta, lo tomo a mano, lo paso a máquina y usted corrige’. Así fue. Lo único que le reprocho a Arreola es que él, que corrigió a todo el mundo, no me quiso corregir a mí, bajo el argumento de que así estaba bien mi trabajo”.

Seguramente fue verdad: es bien sabido que Pacheco tenía afán de perfección y una disciplina que ni él reconocía y siempre sospechaba de sus textos. Para él todas sus excelencias literarias fueron intentos, en su opinión, modestos. Lo dijo como decía todas las cosas: con poesía:

Que otros hagan aún el gran poema
los libros unitarios, las rotundas
obras que sean espejo de armonía.
A mí sólo me importa el testimonio
del momento inasible, las palabras
que dicta en su fluir el tiempo en vuelo.
La poesía anhelada es como un diario
en donde no hay proyecto ni medida.

¿Sus temas? Para Pacheco era el mar, pero también la arena. El tiempo todo el tiempo. Inventarios de todo lo posible y lo imposible (las noches que serán y las que han sido, el amor que puede ser asfixia ,el desamor, padre de todos los monstruos, pero también los parques y las calles, los murciélagos y los pulpos, el principio del placer y el invierno que nos va a llegar a todos. Escritura solamente. Paciencia. Poesía por vocación inobjetable.

Respira hondo... Ya...
Bueno, ahora empuja
—como hombre, con fibra, sin desmayo—
tu granito de arena.
Y cuando al fin te encuentres en la cima
y lo veas que rueda cuestabajo
dedícate a buscarlo una y mil veces
en la pluralidad de este desierto.
El nuevo mito de Sísifo

Pero no sólo de poesía vive el poeta. Pacheco estudió en la facultad de derecho y también en la de filosofía y letras de la Universidad Nacional Autónoma de México. No solamente escribió prosa, también entró a los terrenos de la investigación literaria, hizo traducciones, novelas, ensayos y fue director y editor de colecciones bibliográficas, diversas publicaciones y suplementos y revistas culturales y maestro en varias universidades el mundo. También fue columnista infatigable, quedan los tres tomos de sus Inventarios que nunca dejaron de publicarse.

De su obra sólo puede decirse mucho porque tiene la medida del desierto: es grande, vasta, compuesta de todas las arenas. Leerlo es como una promesa cumplida de atravesarlo todo para llegar, felizmente, a tomar agua.

* * *

Muchos libros nos regaló Pacheco. Libros favoritos de títulos perfectos —No me preguntes cómo pasa el tiempo, Irás y no volverás, Morirás lejos—, libros donde uno se convierte en personaje y adquiere los mismos gustos y memorias. (“Yo, como Carlos el de Las batallas en el desierto —dijo Pacheco— también detesto la crueldad con la gente, la violencia, los gritos, la presunción, la aritmética, que haya quienes no tienen para comer mientras otros se quedan con todo; encontrar dientes de ajo en el arroz o en los guisados, que poden los árboles o los destruyan y ver que tiren el pan a la basura”).

Nos aprendimos sus poemas de memoria y muchas veces recitamos sus versos de tan ciertos (“Mira las cosas que se van, recuérdalas, porque no volverás a verlas a nunca”). Es por eso que nos salva la memoria.

Cuando el poeta cumplió 70 años probablemente no tenía ningún plan. Porque José Emilio Pacheco siempre se consideró —lo escribió, lo dijo— un perpetuo exiliado que en el desierto mira. Aparte. Apartado. Sin embargo, la fecha llegó. En aquel momento, el orbe y el firmamento conspiraron: de regalo recibió cantidad de abrumadoras sorpresas. Celebraciones en la UNAM, pero también en el Lunario del Auditorio Nacional; un maratón de lectura de su obra en la Biblioteca Vasconcelos, pero también un recuento de sus poemas como entreactos de un concierto de rock en el Cenart; la entrega de la Medalla 1808 en el salón de cabildos del ayuntamiento de la Ciudad de México y el homenaje nacional en Bellas Artes, rodeado de amigos, novatos y conocedores con pantallas desplegadas en la calle, para que nadie lamentara no haber encontrado lugar en la atestada sala. Llegaron también los premios. Ante la perspectiva de ira a España por el Reina Sofía balbuceaba estupefacto: “Lo malo es que nunca me he puesto un frac y ni creo que me quede bien”. “Además no sé cómo actuar ante una reina”. La popularidad llagaba lenta y merecida. Ante tanta distinción repetía lo que dijo cuando se ganó el Federico García Lorca: “Es un premio que yo no veía venir. Ya había sido yo finalista, pero como sabemos, es común que quien llega a una final pierde toda esperanza de obtener el primer lugar”.

No era falsa modestia. Era la pura verdad. Pacheco jamás creyó en la fama y la fortuna.

* * *

Durante estos años, los que hubiera cumplido José Emilio, el siglo terminó y empezó otro. Leerlo fue gloria y espina. Porque supimos que queríamos ser como él, saber lo mismo, escribir con sus palabras impecables, decir toda la inmensidad en una línea y sufrir como él disfruta en sus poemas.

Un inútil anhelo, por supuesto.