I-. Lo monumental, cuando lo es sin apelar al gigantismo absurdo, conmueve y deslumbra a la vez.

Desde la avioneta, para 12 pasajeros, nueve de ellos japoneses, pueden observarse en un día límpido y con pocos vientos, las líneas de Nasca. El impacto es inmediato, más aún cuando el transporte aéreo, procura mostrar a la derecha y a la izquierda, en giros desconcertantes, la magnificencia del lugar bajo el riesgo de algún mareado. El pez, la espiral, el cóndor, la araña, la iguana, la lagartija son parte de esos geoglifos trazados con hermosa geometría que sólo puede verse desde las alturas.

Unos, los incautos, presumen que son de elaboración extraterrestre, los arqueólogos como el peruano Johny Isla entienden esas imágenes dentro de la cultura agrícola de pueblo Nasca. Durante el invierno asomarse por esos territorios es cuestión climática. A veces las avionetas descansan su fragilidad y debe esperarse que mejore el tiempo. Esta vez hubo fortuna y el espectáculo es excepcional. Ya se espera la llegada de la primavera en esta zona del hemisferio sur.

II-. En Lima, cena en el restaurante La rosa náutica. Frente al mar y con su construcción blanca de madera, el sitio es refugio de turistas. Se come bien, la pierna de borrego horneada a fuego lento es una delicia.

El problema surge al pedir el vino. Un aspirante a sommelier trae la carta. Se elige uno y resulta que ya no está en existencia; entonces se busca otra y se da la misma respuesta, a la tercera el comensal entiende que algo pasa. El hecho es claro, se cambiará la carta de vinos y sólo están disponibles los que tienen un costo superior a la equivalencia de 200 o 300 dólares.

Muchos de esos caldos son conocidos y se sabe su precio real, por ello gastar esa suma sería otorgarle un triunfo a la estupidez y al hurto. Se hace la reclamación correspondiente, el sommelier debe disculparse, lo envían con dos piscos sour, la bebida típica peruana, para que se suavicen las cosas. El hecho estaba dado y La rosa náutica naufragaba por ese empleado de tontería supina que hizo transparente lo que era una estrategia comercial. ¡Lamentable en un lugar que era entrañable dentro de las limitaciones de la Lima turística!

III-. El hotel Paracas-Libertador atrapa al huésped. Amplios jardines floridos, habitaciones albas con terrazas para desayunar, en tanto que en la noche se encienden las hogueras, el aire frío lo envuelve todo y el bar es otro ejemplo de espacio relajado.

Probar los paracas sour, pisco con jugos de cítricos, es una de sus bendiciones. Más tarde la cena está a la altura de una gastronomía tradicional peruana, aunque la opción también está en un restaurante italiano que cumple su cometido sin pretensiones.

IV-. La capital peruana vive la euforia de los casinos. Múltiples y coloridas instalaciones, un eco muy lejano de Las Vegas, en donde asisten hombres y mujeres cercanos a la vejez, que todavía creen en las bondades del azar. Pierden sin descanso en un país que observa el renacimiento de Sendero luminoso; o que se harta ante los escándalos de la familia del presidente Humala.

El tercer mundo se apodera de todo cuando se ve a un hermano del mandatario enriquecerse a costa de negocios particulares realizados a la vera del poder estatal. Eso suena conocido en México.

Se comenta de igual forma la crítica devastadora de Vargas Llosa a Julian Assange. El Premio Nobel hace gala de su lucidez para ubicar al hacker fundador de WikiLeaks. La conclusión del asunto es que sólo un pillo de las dimensiones del australiano pudo hacer evidente lo que era una realidad sabida: las encrucijadas y abusos, sobre todo, de Estados Unidos y sus funcionarios, desde el presidente hasta sus embajadores.

El autor de Conversación en la catedral participa de un discurso de derecha sin que esto lo descalifique, más bien lo hace entrar en una polémica sobre el cinismo de Assange y el otro, el de la suciedad de la política estadunidense.