Todos los años voy a la Feria Internacional del Libro de Guadalajara con la firme idea de hacer un buen negocio, que alguna joven artista sucumba ante mis encantos, además de ver a los amigos que suelo encontrarme en este tipo de encuentros.

En este año, al igual que en los años anteriores, no hice ningún gran negocio; las únicas muchachas que sucumbieron a mi talento y eso porque les invité las copas fueron dos señoritas ya mayores en edad y en peso que trabajaban en un centro nocturno, y me di cuenta que cada vez tengo menos amigos.

Pero no todo fue malo.

Las autoridades tapatías han obligado a los taxistas a usar el taxímetro y no cobrarle a los turistas más si son chilangos lo que se les venga en gana; la venta de libros al público fue mayor que en la edición anterior de la Feria y hubo, al menos, dos fiestas divertidas: la del Fondo de Cultura Económica y la de la Editorial Almadía.

Lo que marcó la incertidumbre de las jornadas fue la poca presencia de bibliotecarios de universidades extranjeras que, en ferias pasadas, eran los mejores clientes de las editoriales pequeñas, y la sobreoferta de plataformas digitales que auguran la extinción del libro en soporte de papel.

La ausencia de Bryce Echenique no siguió generando polémicas, pues los organizadores de la feria centraron la atención en la imagen de Carlos Fuentes, en la amplia comitiva de Chile país invitado y en el encuentro la Otra Mirada, en la que se dieron cita libreros, distribuidores y editores independientes de Hispanoamérica.

Entre la veintena de los libros que compré destaca la novela El abuelo que saltó por la ventana y se largó, publicada en español por Salamandra, primera obra del sueco Jonas Jonasson que, en varias ocasiones, ha puesto en prueba mi cordura, pues cada 6 o 7 páginas me saca una carcajada.

También adquirí en el stand de la Universidad Veracruzana una serie de cuentarios publicados originalmente en la revista La palabra y el hombre y, por recomendación de Agustín del Moral, La balada de los bandoleros baladíes, Premio Latinoamericano de Primera Novela Sergio Galindo 2010, del colombiano Daniel Ferreira.

Juan José Rodríguez me regaló su más reciente libro de ensayos, La isla en llamas. Cómo se hace un escritor, publicado por el Instituto Sinaloense de Cultura; Celso Santajuliana, Perderá, Premio Bellas Artes de Novela José Rubén Romero 2011, editado por Juan Pablos y el Instituto Nacional de Bellas Artes (INBA); mientras que Felipe Ponce, editor de Arlequín, hizo lo propio con Macho profundo, de César López Cuadras, autor sinaloense que hace ya casi una década publicó la primera edición de una obra magistral: La novela inconclusa de Bernardino Casablanca.

Por mi parte, en coedición con el INBA y la Universidad Autónoma de Nuevo León, presenté los tomos I y II de Los narradores ante el público, que compila una serie de conferencias dadas en Bellas Artes entre 1965 y 1966 por autores que van desde Rafael Solana, Juan Rulfo y Juan José Arreola, hasta Salvador Elizondo, Tomas Mojarro y Gustavo Sainz, pasando por Rosario Castellanos, Inés Arredondo, José Revueltas y Jorge Ibargüengoitia, entre muchos otros.

En coedición con el INBA y el Instituto Chihuahuense de Cultura, también presenté México 2010. Diario de una madre mutilada, Premio Bellas Artes de Testimonio Carlos Montemayor 2011, de Esther Hernández Palacios, que narra el asesinato de su hija en este país en guerra, y en coedición con la Secretaría de Cultura del DF, Limo y luz. Estampas luminosas de la ciudad de México, en la que el poeta y ensayista español Luis María Marina escribe, desde la mirada de un extranjero, una guía culta de la región indicada en el título del libro.

De la protesta violenta contra la toma de poder de Enrique Peña Nieto me enteré por los periódicos y, si usted piensa ir a Guadalajara el próximo año, le recomiendo que no vaya a la fiesta del Salón Veracruz el primer lunes de Feria, ya que es peor que pretender bailar en el metro Pino Suárez en hora pico.