En mi infancia gustaba de tener pericos. Dicho goce se perdió cuando mi madre, luego de comprarme un precioso loro australiano, se le olvidó meterlo a la jaula, dejándolo en una caja de cartón en el pasillo.

Esa noche, mi padre llegó tarde a la casa, no prendió las luces para no despertar a la familia y, mientras caminaba rumbo a su habitación, un grito casi humano por poco lo mata. Afortunadamente papá sobrevivió al susto, no así mi nueva mascota, que fue sorprendida por un pisotón.

Por la mañana, mis padres no permitieron que abriera la caja, misma que sirvió de féretro rumbo al Mictlán de los pájaros: el camión de la basura que se detenía en la esquina de la casa, precedido por un campanero que anunciaba su llegada.

Tal recuerdo se me vino a la mente porque el viernes, mientras comíamos en el Casino Español, mi amiga Beth contó la historia de una cotorra que, en ausencia de su ama, hablaba como loca imitando las interminables charlas telefónicas de su dueña, pero si bien ésta hacía sus confidencias en voz baja, en tonos que pretendían ser libidinosos, aquélla repetía a gritos las charlas pornográficas de su dueña, lo que molestó a los vecinos que, al descubrir que era el ave la grosera, la adultera, la que buscaba la excitación del escucha, no la pudieron acusar del supuesto daño moral que sufrían con sus charlas -que eran monólogos- los niños del vecindario.

Ante tal anécdota, contraataqué con la noticia del perico Lorenzo que, en septiembre del 2010, a las órdenes de un grupo de narcotraficantes, sí fue arrestado en un suburbio de Barranquilla, Colombia, por dar gritos de alerta cada vez que la policía se acercaba a la guarida de sus jefes:

-Corre, corre, que te coge el gato.

Aunque, a los tres días de haberse cumplido el operativo policiaco, en el que se decomisaron 250 armas de diferente calibre, drogas -también de diferente calibre- y se detuvieron a nueve presuntos culpables, Lorenzo quedó en libertad para beneplácito de su dueño, José Giraldo, quien, sin embargo, declaró que todo se había tratado de una farsa de la policía para inculpar a su perico, el cual estaba triste y no quería probar alimento.

Armando y Javier recordaron entonces que Salvador Elizondo tuvo un loro entrenado perfectamente para interpretar algunas sinfonías clásicas (yo, a decir verdad, no me acuerdo del susodicho perico, aunque sí de un perro educado para embestir como toro de lidia, además de un ajolote del que el maestro decía: Es la más interesante de las aportaciones de la naturaleza mexicana a la mayor confusión de las ciencias y a la mayor riqueza de la literatura y las artes , (Pasado anterior, FCE, p. 329).

Seguimos hablando de los prodigios de estas aves, momento en que Claudia y Paulina rememoraron una anécdota que posee todos los elementos para convertirse en un cuento literario. Se trata de otra noticia que se escuchó por la radio hace años: una octogenaria que, sin más compañía que un perico, solía fumar en el balcón de su casa cuatro cajetillas de cigarrillos al día. Una mañana, sin embargo, el loro enfermó y pocas horas después falleció de cáncer pulmonar. La mujer, que hasta ese instante estaba más sana que un atleta, también murió invadida de una sórdida tristeza.

Hoy lunes a las ocho de la noche, en el Auditorio del Hospital Ángeles del Pedregal, el Che Ventura, Jorge F. Hernández y yo presentamos A la luz del futbol, de Juan Manuel Herrero, publicado por Libros Magenta. Habrá vino de honor.