Debo decirlo: no soy fan de Paul McCartney. No me gusta Wings ni tengo ninguno de sus discos solista.

Sin embargo, estoy aquí, la noche del jueves 27 de mayo en el Foro Sol, rodeada de 60,000 personas a las que no les importa mojarse. Esta noche es lo más cerca que podemos estar del 15 de agosto de 1965 en el Shea Stadium de Nueva York. Estoy aquí para reclamar mi pedazo de historia.

Nunca podré ver a Elvis cantando Blue Suede Shoes ni a Jimmy tocando All Along the Watchtower . Jamás veré a Janis Joplin ni a George Harrison tocando While My Guitar Gently Weeps . La vida tampoco me dejó ver a Kurt Cobain, el ídolo de mi infancia. Ellos son parte íntima de mi vida y siempre me sentiré traicionada por los poderes superiores por no dejarme verlos en vivo.

Ver a Paul, el bajista de los Beatles, es mi venganza y mi derecho. ¿Qué sería de nosotros, 60,000 que representamos a millones, sin el rock?

¿Y qué sería del rock sin los Beatles?

La corte de Sir Paul

Ver a Paul es el equivalente contemporáneo a ver a San Pablo dando un sermón: no es Jesús, es el tipo que salió al mundo llevando la palabra.

Estoy exagerando. Aunque las personas que veo en mi camino al Foro Sol forman una peregrinación devota vestida del traje azul cielo que Paul luce en la portada de Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band.

Sir Paul ha reunido a toda una corte variopinta de súbditos. No me sorprende, los más grandes fans de McCartney que conozco son un niño de nueve años y una señora de 60. Es una noche de adolescentes. Aquí están aquellos que lo fueron en los 60, los que lo son hoy y algunos que lo serán en unos años.

Las bocinas tocan versiones de los Beatles que van del electrónico de antro al R&B de los artistas de la Stax Records. Quiere llover, pero a nadie se le ocurriría moverse.

Y la noche comienza. Paul abre con una de las canciones de Wings, Venus and Mars . Me siento ajena porque todo mundo se la sabe y yo apenas si la reconozco. Soy una villamelona.

Pero pronto la noche cambia: todos somos fans y villamelones. Todos somos príncipes en la corte de Sir Paul.

Ya nos podemos ir en paz

Cuando Paul sale a escena ovacionado por 60,000 gargantas, me pregunto qué pasará por su cabeza. ¿Cómo no sentirte el centro del universo cuando eres adorado adónde quiera que vayas, cuando lo has sido durante 40 años?

Más cómodo no podría estar. Con sus tirantes rojos y su barriga, Paul es al mismo tiempo un tío-buena-onda y una superestrella. Intenta el español toda la noche (tiene un acordeón pegado al suelo). ¡Hola, chilangos! grita. Le responde un rugido impresionante.

Cuando se escuchan las primeras notas de All My Loving , mis labios comienzan a moverse en forma automática, como si la letra estuviera inscrita en mis genes. El fenómeno se repite en cada una de las canciones de los Beatles que Paul tocará a lo largo de la noche: The Long and Winding Road , Something (dedicada a mi amigo George ), Lady Madonna .

Antes de tocar Blackbird , Paul nos regala un pedacito de esa historia que él protagonizó: Un día estábamos George y yo tocando algunos tonterías clásicas con nuestras guitarras y se nos ocurrió esta canción .

La noche alcanza la cúspide cuando comienza A Day in the Life . Qué banda extraordinaria la que viaja con Paul. No sé si los Beatles sonaban así, pero estoy segura que no les hubiera molestado. La cosa se desquicia cuando la melodía de pronto se convierte en Hey, Jude , que todos coreamos.

Más grandes momentos vendrían: Ob-la-di, ob-la-da , Helter Skelter , Yesterday . La locura vendría con una canción totalmente de Paul: Live and Let Die que con los fuegos artificiales y el rugido del público se convierte en el espectáculo más ensordecedor en el que he estado (y soy buena juez de escándalos, he ido a suficientes conciertos de heavy metal).

En la noche hubo dos grandes afortunados. La primera, una mujer que llevaba un cartel en el que pedía subir al escenario. Paul la invitó a bailar Get Back junto a él. Y después, el Sir vio que desde el público alguien estiraba una guitarra en su dirección; se detuvo para firmarla y devolverla.

Sir Paul siempre será el buen chico de Liverpool, el Beatle cachetón de cejas arqueadas. Siempre será el tipo que anunció la muerte de la banda, el mejor amigo de John, el rival de George, el que hacía bromas con Ringo.

Cuando Paul se despide, siento que un ciclo se ha cumplido en mi vida. Ya me puedo hacer adulta. He recibido mi dosis de leyenda.

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