Patti Smith puede hacer lo que sea por una taza de buen café. Puede viajar a Veracruz bucando el café que le recomendó William Burroughs; ir a Japón y despreciar un delicioso té macha mientras encuentra el café más cercano.

Los rockeros suelen tener sus historias de adicción, apenas esta semana murió Scott Weiland, el líder de los Stone Temple Pilots, heroinómano de fama. Pero la Smith tiene una sola adicción y no tan peligrosa: la cafeína.

Es adicta al café, pero todavía más a los cafés. Esos rincones íntimos donde se puede beber un espresso y sentarse a contemplar por horas el aire que se respira. Los cafés, de origen europeo, abundan en todas partes del mundo pero el favorito de Patti Smith estaba en Nueva York: el Café Ino. Era su café, no porque fuera su dueña, sino porque el lugar se había adueñado de ella. Su ritual de todos los días era caminar por la Sexta avenida y sentarse en su mesa de la esquina, la misma de siempre. Si su mesa estaba ocupada, hacía tiempo por ahí en lo que se vaciaba. Siempre tenía que ser esa mesa.

El Café Ino, hoy cerrado, es el escenario de los recuerdos en desorden de Smith en M Train (Knopf), su nuevo libro.

Después del aclamado Just Kids, memorias de su vida con el fotógrafo Robert Mapplethorpe y el Nueva York de los 70, M Train es un libro mucho más sosegado, yo diría que poético, porque más que narrar, Patti nos da un pase libre a su mente, a los viajes sin rumbo de su memoria y sus emociones.

El libro es un homenaje a Fred Sonic Smith, su difundo esposo, músico como ella. Es triste: Patti Smith vio morir a los hombres de su vida, primero a Mapplethorpe, su mejor amigo, y después a Fred, su gran amor, el padre de sus hijos. Se podría incluir a la lista su hermano Toby, también muy cercano a ella.

Pero Smith lidia con su duelo de manera poética. Son recuerdos, son pedazos de amor que la animan a escribir y escribir. Habla a veces de sus hijos, pero los deja tener sus propias vidas adultas, alejadas de su leyenda.

En M Train Smith viaja mucho. Habla de viajes nuevos y viejos, muchos de ellos especies de peregrinaciones a tumbas de artistas a los que admira. Toma muchas fotos con una vieja Polaroid; las imágenes van a acentuando el libro. Hay una desoladora de la tumba de Sylvia Plath tomada en pleno invierno. ¿Por qué su esposo habrá decidido enterrarla aquí, sola? , se pregunta Smith, pudo haberla enterrado en la costa de Nueva Inglaterra, donde nació, donde podría compartir el espacio con la sal del mar .

Hace otra peregrinación a la tumba de Jean Genet, el poeta criminal, que está enterrado en Larache, Marruecos. Smith fue porque había sido invitada a un congreso sobre la generación beatnik en Tánger, pero su verdadero objetivo era visitar a Genet. Le lleva piedras de la colonia penal en la estuvo detenido de adolescente por ser un vagabundo, las entierra mientras un niño extrañado la ve haciendo ese acto religioso.

Qué vida envidiable lleva doña Patti. Vive, literalmente, de sus rentas. Su primer disco, Horses, es considerado uno de los grandes clásicos del siglo XX, una producción que transformó el punk en performance y poesía. Sus libros se venden muy bien (Just Kids ganó el National Book Award y se sigue reimprimiendo) y ella vive una vida sencilla: siempre se viste igual, camiseta, jeans, un saco, gorro, justo como aparece en la portada del libro. A veces la invitan a dar conferencias, otras a dar conciertos o lecturas de poesía.

Habla brevemente de su estadía en México hace unos años, cuando dio un concierto muy exitoso en el Museo Anahuacalli. Fue a conocer la Casa Azul de Frida Kahlo. Cuando joven quiso entrar pero la encontró cerrada, así que la visita fue una especie de sueño cumplido. Tomó fotos de su cama y de sus muletas. Les digo, eso es el libro: memorias, peregrinaciones y polaroids de objetos amados y simbólicos.

Y Fred, su esposo, aquí y allá. Lo recuerda con su pelo largo y su camisa kaki, su obsesión con los aviones y el gran amor que se tenían el uno al otro. Soñé que conocía a un ángel , escribe, y después me di cuenta que ya lo había conocido . Se refiere a su marido.

M Train es un libro hermoso, pero romperá las expectativas de quienes esperan una continuación de Just Kids. No hay escena contestataria, ni extravagantes, solo un alma sensible y sus pensamientos. Y por supuesto, su cafecito.