Bajo la premisa de que ningún gran escritor se ha privado de narrar un crimen aun cuando sus intereses temáticos estuvieran muy lejos de los crimial , Álvaro Abós hizo una compilación fascinante: Asesinos (Adriana Hidalgo, 618 pp.).

Incluye a grandes nombres de la literatura criminal, como A. Conan Doyle o el Marqués de Sade (cuidando que no sean sus relatos más famosos), pero también pone a algunos a los que el crimen supremo pudiera parecerles ajeno, como Proust.

Y los más de 40 textos son magníficos. Quizá por la verdad que se encierra en la segunda parte de la tesis de la que partió Abós: Todo gran escritor, al narrar un crimen, preserva su mundo más genuino .

El crimen que narra Proust en Sentimientos filiales de un parricida es breve, antecedido por cartas que hacen un prólogo emocional y el crimen es aderezado con citas de las tragedias de Ajax y Edipo.

El de Tolstoi, La muñeca de porcelana es fantástico e indirecto, igual que el asesinato involuntario de buena parte de la población terrestre que plantea Gustav Meyrink en La muerte morada .

Muy lejanos, los anteriores del de Iván Turgeniev que en La ejecución de Troppmann hace un relato realista (que al lector quizá le parezca antecedente de A sangre fría de Capote) de enorme fuerza.

Un volumen que vale la pena leer y no sólo por morbo.

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