Pablo Raphael afirma que es parte de una generación que se niega a sí misma y que asume a la contradicción como parte de su actitud ante las cosas .

En el ensayo La Fábrica del Lenguaje, S.A. (Anagrama, 2011), el escritor aborda los vínculos entre el mundo y la llamada República de las Letras, con la intención de comprender a sus pares y a nuestro tiempo. En el libro subyace su preocupación por la idea de generación.

La Fábrica del Lenguaje, S.A. toca distintas facetas de lo literario y lo social. Raphael (México, 1970) habla sobre la relación entre pensamiento y política y sobre el papel social del arte. El libro, que apela a la fragmentación y al diálogo, escudriña los planteamientos de la era digital y procura leer nuestro tiempo. En entrevista, Raphael conversa sobre el ensayo, cuyo eje es el poder transformador de la palabra.

¿Qué te condujo a utilizar la figura retórica del oxímoron en la estructura del libro?

Pues quizá la comprensión de que formo parte de una generación que piensa por oposiciones y que asume a la contradicción como parte de su actitud ante las cosas. Soy de una generación que creció bajo el signo de Televisa pero creo en la izquierda. Que cree en la democracia. Una generación que se niega a sí misma como tal. Hay una serie de actitudes. Pero con relación al mundo editorial y al espacio de los medios, hay una especie de adoración y, al mismo tiempo, de rechazo. Y entonces, al observar esta actitud lo que yo quise era encontrar un mecanismo que la explicase y creo que es un mecanismo de una lógica que puede parecer paradójica o contradictoria, pero que sin embargo define una posición ante las cosas que la rodean. Lo puedes ir trasladando a cada uno de los espacios, una especie de desdén, con ganas de hacer la revolución y con ganas de vivir una democracia plena, de rechazar la fábrica del mercado y, en cuanto el mercado te acepta, unas ganas enormes de participar en ella; de tener una condición individualista en extremo y al mismo tiempo una condición de necesidad de pertenencia y de grupo y de reconocimiento social. Básicamente al encontrar estos opuestos pensé que quizás éste puede ser el eje y a fin de cuentas lo que busca el libro todo el tiempo es poner a discutir a los opuestos y luego ir reconociendo estas contradicciones en cada una de las facetas del prisma que corresponden a esto que se llama La fábrica del lenguaje.

Una de las características de tu libro es la sensación de velocidad. ¿Fue programática? ¿La pensaste así desde un inicio?

Una crítica que ha recibido el libro es que parece lo mismo que critica. Yo hago un ejercicio crítico sobre el tema de la velocidad. Pongo el ejemplo de la película Awakenings donde recibimos tal cantidad de información que la velocidad de ésta produce parálisis, donde el Parkinson súper acelerado lo que provocaba en realidad era una suerte de parálisis y lo que se hace es una especie de llamado a la lentitud. Curiosamente el libro está hecho a velocidad y corriendo a un ritmo que parece, más que ensayo, una forma de novela. Es la sensación que me dejó después de escribirlo.

Lo explico con la paradoja del mentiroso. Hay un pueblo de mentirosos donde todos son mentirosos, entonces se para en una manifestación del pueblo uno de los habitantes y les dice a todos: Todos ustedes mienten . La paradoja es ¿está mintiendo o no? El tema es ¿pertenezco a una generación que participa de la velocidad, que vive y que habita en la velocidad y que la reconoce como un síntoma y un defecto, y sin embargo pertenezco, habito y padezco esa velocidad? Desde ahí está parado el discurso. Con la paradoja del mentiroso se resuelve la velocidad; es decir, desde el centro del problema, siendo parte del problema.

¿Qué te condujo a reflexionar sobre la relación entre literatura y sociedad –el eje del libro– a partir de una generación específica?

Hay un tema que es una especie de corte de caja de mi generación y de entender que frente al tiempo que vivimos –esto que le llamo yo la caída del presente, donde la velocidad nos hace cada vez más difícil detenernos para imaginar un futuro distinto– hay una pregunta concreta: ¿Quiénes son los que imaginan el futuro? La sociedad es quien imagina su futuro, establece una serie de reglas y maneras de hacerlo y todas esas reglas y maneras de hacerlo se encuentran en el espacio público. Mi sensación es que la literatura tiene una relación de ruptura con el espacio público. Quizá no por la propia literatura sino por otras formas de narrativa como la TV, el cine, la radio y ahora la era 2.0, donde la literatura de alguna manera, si no compite, ocupa un espacio de menor atención de los ciudadanos, cada vez menos convertidos en lectores, cada vez más convertidos en observadores, en televidentes de una realidad donde la literatura ha tomado distancia.

Hay quienes trabajan con la imaginación, por los tiempos en que vivimos. Creo que es cursi ser dark y quedarse en la negación, la crítica y el pesimismo, y que los tiempos reclaman –si trabajas con la imaginación como material principal– entrarle al debate de lo público porque sería importante de menos, no sólo para registrar memoria, no sólo para curarte personalmente, sino para entrarle al debate de la discusión pública que nos permite imaginar un futuro distinto al de la caída en el presente. Este presente continuo que nos tiene como estancados en una especie de pasmo. Vivimos instalados en un loop donde nos repetimos de continuo. Y quien trabaja con la imaginación y quien trabaja con el lenguaje, que es la materia de la imaginación, tendría un papel importante que decir y es una especie de estocada y de pregunta a mi generación sobre el tiempo que nos toca vivir.

¿Cómo fue el proceso de escritura de La Fábrica del Lenguaje, S.A. –que apela constantemente a la fragmentación y al diálogo? En función de esas dos instancias, ¿cómo fue la construcción?

El libro tiene distintos orígenes. Uno de ellos fue un artículo que escribí para la revista Quimera y otro tuvo que ver con una conversación sostenida con Jaime Mesa en la que reflexionábamos en aquel entonces sobre este artículo que publiqué en Quimera , más uno que había salido en aquel entonces de Geney Beltrán, y otro que el propio Jaime había hecho que se llamaba La generación sin nombre . Entonces ahí estaba esta reflexión y lo que hice fue pensar que reflexionamos a partir de encontrar a los opuestos y, por otro lado, en una intencionalidad muy clara que tiene La Fábrica del Lenguaje, S.A. , que busca ser un libro situacional refleje una discusión, un diálogo. Arranca con el epígrafe de Ortega y Gasset de que la pretensión del libro es provocar la involución hacia el diálogo, por eso la estructura dialogada y luego la escritura fragmentaria, pues tiene que ver, quizá, con que el diálogo funciona así: por fragmentos, por epígrafes, los trabajos por oposición. Entiendo el libro como una especie prisma, que tiene distintas caras donde se va analizando el lenguaje desde esas caras. A la hora de analizar cada una de esas facetas del prisma, el resultado fue de una escritura fragmentaria. El objeto de estudio tiene forma de prisma y la manera de hacerlo fue sitiando cada una de las facetas de ese prisma.

Apelas a la novela a través de la construcción de personajes. ¿Consideras a Godínez como el protagonista del libro?

Godínez es el personaje principal. Es una figura arquetípica. Tengo varios amigos que me dicen yo sé quién es Godínez . Incluso hay un chico que se apellida Godínez que vive en Puebla y que tiene las mismas características del personaje y parece que lo invoqué. Godínez es un amigo que vive en Madrid, pero en realidad es el personaje de esto que es un ensayo que parece novela porque tiene una serie de personajes, los arquetipos que se nombran al principio. Otro es Neo (neoliberalismo, el juego de palabras) pero digamos son los personajes que actúan a lo largo del ensayo en un libro donde hay espacios como sucede en una novela y con una especie de trama. Sí me gusta pensar que es un ensayo con forma de novela, y además creo en los géneros híbridos y me gusta pensar así frente a la oposición de decir ¿por qué no un libro académico, un libro que fuera mucho más denso?

¿Cómo percibes el oxímoron de Javier Sicilia guardar silencio para edificar la voz tras la publicación de tu libro?

Ya había salido el resultado del premio Anagrama, ya estaba haciéndose la edición y sucedió lo de Sicilia. La sensación que tuve cuando escuché la primera noticia y luego vi la reacción de Javier Sicilia, lo que dije es que esto empieza a moverse y pensando precisamente entre la relación de literatura y el espacio público, la carga simbólica que tiene que sea un poeta quien llena la plaza tiene un significado que es devastador pero que por otro lado recupera la confianza porque frente a una sociedad que está desgastada en discursos, que está avasallada por el discurso gestual y ritual de la violencia, que está desgastada por un sistema de partidos donde la discusión pública está extraviada y donde ninguna de las palabras que suenan ahí producen confianza en el ciudadano, donde habitamos un país gobernado por una camarilla cuyo discurso se tiende a la tensión, a la violencia verbal, al desconocimiento de la realidad y una profunda desconexión con lo que nos sucede a nivel de tierra, que venga un poeta a darle una nueva dignidad a la palabra me parece que tiene una carga que entre otras cosas ha despertado a la generación que menciono. Eso me parece muy importante, no sólo para esta generación, sino para regresarle a la palabra su poder para cambiar las cosas e incluso más allá de la persona de Sicilia, la carga simbólica que eso tiene y lo que está haciendo representa un instante decisivo. Eso vino a cambiar y a recomponer de nueva cuenta y para bien la relación entre el arte y la función social, lo social y lo político.

¿En qué momento te diste cuenta de que tu ensayo podía ser una novela en potencia?

Fue después de terminar el libro. Hay un grupo de personajes. El personaje tiene un perfil, se vuelve una figura recurrente y, a fin de cuentas, lo que queda la final es la sensación de haber recogido una serie de arquetipos que pertenecen a la República de las Letras donde en algunos de ellos me reconozco y en otros reconozco una necesidad crítica. Es decir, la República de las Letras tiene también sus propios arquetipos, los modelos en los que se organiza su propio espacio de discusión, a través de los coloquios, las presentaciones y que todas van teniendo una especie de dinámica tan parecida que las volvió lentas, anquilosadas y quizá eso fue parte de las razones que explican hoy la distancia entre la literatura con los lectores, porque estos arquetipos se dedican a hacer de la literatura algo solemne, algo aburrido y una especie de corte donde la sociedad de los elogios mutuos, los nombre por encima de las obras, se convirtió en algo más importante y eso acabó por convertirse en una comedia de enredos de donde a veces los autores también formamos parte y reproducimos lugares comunes y arquetipos que vale la pena señalar y hacer un corte de caja si es que queremos cambiar la dinámica. Uno de ellos es el tema de la crítica.

La crítica no ha entendido el papel que le tocaría jugar hoy y el crítico convertido en redactor de obituarios o el encargado de acercar la guillotina y convertirse en el verdugo que corta cabezas, lo que produce es que esté cancelando la posibilidad de que la República de las Letras se comunique con el lector. No sabemos si una crítica bien hecha o mal hecha tiene un impacto directo en el lector pero muy posiblemente lo que hace es distanciar al lector de la literatura. La crítica hoy está concentrada en la reseña, la crítica no hace teoría literaria, la crítica no se relaciona con el mundo de la Academia, el mundo de la Academia, a su vez, vive viéndose el ombligo y no conecta con la sociedad.

Entonces tenemos una serie de soliloquios donde el mundo está sucediendo allá afuera e instrumentos que antes servían para comprender la sociedad, para discutirla, para debatirla, entendiendo la literatura no solamente como el proceso de la escritura sino lo que la escritura provoca, nos tiene atados en un loop del cual es imposible salir a menos que nos atreviéramos a dialogar. Y hasta hoy no siento que sea así. Y cuando pensamos que en México se han dado debates importantes, esos debates marcan la agenda, permiten romper el presente e imaginar proyectos de futuro.

En el libro me detengo en tres momentos específicos y uno es el debate entre Lombardo y Caso y lo que provocó eso en torno a la creación de la agenda del proyecto posrevolucionario del modelo del estado de bienestar y luego la discusión en la década de los noventa tanto del encuentro de Vuelta como del Coloquio de invierno que eso marcó toda nuestra agenda, que provocó la Reforma política, que provocó la creación de las instituciones autónomas como el IFE, que incluso desató una discusión sobre la relación entre la sociedad y los distintos Méxicos que México es y que por otro lado se llamó a la sorpresa con el lanzamiento del EZLN y Paz estaba muy preocupado por no tener la capacidad de comprender eso. Esos debates provocaron una agenda de país y creo que hoy en México estamos vacíos de eso y es buen momento para que los actores del espacio público y los intelectuales y los que nos dedicamos a trabajar con la imaginación encontremos nuevos mecanismos de diálogo, además sujetos no a las grandes catedrales como funcionaba antes la política cultural en México, sino a este nuevo modelo rizomático y a velocidad pero que tenemos que encontrar un mecanismo, y el país lo que se merece hoy es un debate generoso donde los intelectuales vuelvan a reconectar con la sociedad a la que pertenecen.