No hay fecha no se llegue ni plazo que no se cumpla. La Feria Internacional del Libro de Guadalajara se inauguró apenas antier y, por primera vez en sus 36 años de historia no fue nadie. No hay remedio. Nos quedamos. En el mismo lugar y con la misma gente. Apenas, si acaso, asomados a la ventana de la  cuarentena interminable o, -si usted tiene la voluntad y la suerte, lector querido- a las incontables ventanas virtuales que hoy se abren – y nos permitirán como nunca lo hemos hecho-  estar en primera fila y verlo todo.

No es lo mismo, ya lo sé, lector querido. Pero por lo pronto, porque hoy sería su cumpleaños, pues nació el 30 de noviembre de 1906,  les comparto una añeja conversación con Andrés Henestrosa en su casa desde el virtual cajón de la nostalgia.

“- Deben ser como treinta y cinco mil, fue la respuesta del maestro Henestrosa al pasmo de mi cara, cuando llegué a su casa. Entre los de aquí y las dos bibliotecas más que tengo en el centro deben ser alrededor de 42 mil. Pero ya se van a ir de esta casa a una nueva que nos estamos construyendo en Oaxaca. Hay pocos libros extranjeros: en inglés tres o cuatro; en francés una docena; en italiano igual. En español, siempre, aunque sean traducciones. Porque yo siempre quise aprender español y no me importa lo que diga un libro con tal y que esté bien dicho”. Las paredes eran de libros. Desde el suelo hasta casi el mismo cielo, sobre la escalera, en las sillas, abiertos en la mesa de centro. Los libros, tesoro de los remedios para el alma, el corazón de cada habitación. Muy pronto me empezó a contar sobre su vida.

“Yo hablé zapoteca y huave y un muy torpe español hasta los quince. Llegué a México el 28 de diciembre, Día de los Santos Inocentes. Acababa de cumplir 16 años. No venía a nada. Venía porque sí. Tenía ganas de cruzar el río igual que un brasero para llegar a la ciudad de México. “Cuando llegó tenía 30 pesos y una maleta como almohada. Desde el primer día se compró un libro de 15 centavos. No entendía nada porque no sabía español. Pero aprendió una lección que contaba como un cuento pero que es sabio consejo: “eso que no entiendes hoy te servirá para entender mañana. No en balde se dice que la ignorancia- dijo sonriendo- es la base de la sabiduría.”

Leyó primero a Vasconcelos, después a Justo Sierra, a Martín Luis Guzmán, Mariano Silva y Aceves, Julio Torri y a los poetas “que, entonces estaban jovencitos”: Villaurrutia, Novo, Torres Bodet, Ortiz de Montellano. Aprendió lo que decían los libros aunque jura no era su propósito, que desde entonces no le importaba lo que decían los libros sino cómo lo decían. A los tres años de haber llegado ya hablaba el español y lo escribía. Y no tardó en meterse de oyente a la Escuela Normal y  a la Nacional Preparatoria.

-En 1925 – recordaba- hicimos una excursión a San Juan Teotihuacán a visitar las ruinas con el maestro de historia José Guadalupe Nájera. Era un profesor a la manera vieja, que consideraba su profesión como una misión y como un destino no como un simple empleo. Nos pidió que hiciéramos un resumen del paseo y eligió, según él, los cinco mejores trabajos. Me llamó aparte y me dijo: tú puedes ser un escritor, en el sentido del idioma, de la belleza. Me halagó mucho su opinión y me fui a ver a Rafael Heliodoro Valle, un poeta, periodista, historiador, hombre leído, y le mostré mi trabajo. Me dijo: “puedes llegar muy lejos si trabajas y te empeñas”. Yo guardé su opinión y seguí en lo mío: leyendo libros. Hasta que en el año 27 entré a escuchar la clase de  Antonio Caso, entonces en su plenitud como expositor de doctrinas filosóficas. De pronto empezó a hablar de los mitos y pidió que alguien le contara uno. Nadie se atrevió. Yo conté un cuento y me preguntó si era invención mía o lo había leído en alguna parte-. Yo le contesté que lo había escuchado en lengua indígena y lo había memorizado en español. Por eso parece escrito, me dijo. “Dime otro” y le dije que sí. Eso fue la base de mi primer libro: Los hombres que dispersó la danza, escrito de abril a diciembre de 1927.”

También el principio de un manantial de letras sorprendentes. El instante que marcaría su vida como escritor.  Su obra: poesía, ensayo, teatro y literalmente miles de colaboraciones en la prensa escrita. Dijo sentirse esencialmente periodista y a la pregunta de qué le aconsejaría a un joven escritor o a un periodista, respondió: “Que conozca la historia de su país. Y que lea mucho, todo el tiempo. Aquel que lee, escribe.

Andrés Henestrosa se fue de este mundo con ciento dos años cumplidos. Era amante de los libros e iba a la FIL cada vez que podía. “Es que casi siempre toca cuando empieza mi fiesta de cumpleaños, decía, una Vela Istmeña donde me voy a Oaxaca y celebro los nueve días completos. Es como mi propia feria”.