En el 2009, Antonio Calera-Grobet, director de Mantarraya Ediciones, y yo, convocamos a un concurso de cuentos ambientados en el Centro Histórico de la ciudad de México. La apuesta era la de siempre: invitar a cuentistas reconocidos como Mónica Lavín, Herminio Martínez, Carlos Martín Briceño, José Luis Velarde, Eduardo Parra Ramírez, entre otros, a cobijar en un libro a jóvenes autores seleccionados en el certamen.

El resultado de aquella convocatoria fue la antología Estación Central bis, en la que uno de los cuentos ganadores fue El organillero , de Víctor Roberto Carrancá (ciudad de México, 1984), una historia redonda que mezcla la literatura fantástica y el suspenso, cuyo detective es el lector que, poco a poco, descubre las claves en un crimen que termina en un nudo ciego, eso que en términos filosóficos se llama aporía.

El cuento trata de un viejo organillero al que se le estropea su instrumento de trabajo, por lo que le compra un nuevo organillo a un hombre de una sola pierna. En la Plaza de la Constitución se da cuenta que, al darle vueltas a la manivela, el reloj de Catedral se adelanta o se atrasa y con ella el tiempo de la ciudad al antojo del personaje central.

Don Ausencio, que así se llama el protagonista, decide entonces regresar 40 años en el pasado para evitar, en la noche en la que murió su esposa de un balazo, dicho crimen. Llega a la que fuera su casa, deja el organillo a la entrada y, una vez en la habitación, mira dormir a su mujer. Oye ruidos, se esconde en el clóset y se ve a sí mismo entrar al cuarto 40 años más joven, ciego de alcohol y celos, para, revólver en mano, despertar a la durmiente y cuestionarla acerca de un supuesto amante.

Ella no entiende nada y su marido, en busca de ese posible intruso, abre la puerta del clóset. Forcejea con don Ausencio, quien, al intentar quitarle la pistola, ésta se dispara dos veces, hiriendo tanto al viejo como a la mujer, que muere al instante. El protagonista, con el arma en las manos, sale a la calle con la idea de viajar más atrás en el tiempo y persuadir a Ausencio joven que no compre el revólver, pero alguien le ha robado el organillo. Sabedor de que él fue el que mató a su esposa, ya sin su máquina del tiempo, escapa del lugar dejando tras de sí una pista de sangre.

Víctor Roberto Carrancá resuelve la historia contando que Ausencio joven se despierta sin recordar lo sucedido la noche anterior al lado del cadáver de su esposa. La policía no lo apresa porque el revólver aparece en las vías del tren junto a los restos de un suicida que fue visto salir de la casa en la que se cometió el crimen. Tras el velorio, de regreso a su hogar, el joven viudo observa a un hombre sin una pierna que carga un organillo y, en ese momento, decide convertirse en organillero en homenaje póstumo a su mujer, pues a ella le gustaba esa clase de música.

Éste es, a grandes rasgos, el cuento que le publicamos a Víctor, a quien conocí en la presentación del libro y de quien no volví a saber sino años después gracias a Jaime Mesa, cuando me permitió leer el maquinescrito de El espejo del solitario, que, en coedición con el Consejo Estatal para la Cultura y las Artes de Puebla, mañana vamos a presentar en el Foro Cultural Chapultepec (Mariano Escobedo 665, casi esquina con Reforma, ciudad de México) a las 8 de la noche.

¿Qué se puede decir del primer libro de Carrancá? En pocas palabras que sus cuentos son tan buenos o mejores que El organillero y que parten de la premisa de una realidad paralela a la nuestra, cuyo protagonista, en vez de que nosotros lo imaginemos, es quien nos imagina. Y sí, me dará gusto saludar en persona por segunda vez a Víctor, que, a mi juicio, posee una imaginación llena de prodigios.