Los tiempos cambian. Antes, un aficionado a la ópera se hubiera negado a compartir el espectáculo del arte lírico desde una pantalla. Algunos, todavía ahora y con cierta razón, les parece inaceptable que los cantantes realicen funciones en donde los micrófonos se apoderen del sonido, que además se filtra y se le otorga potencia, porque todo esto termina por disolver las posibilidades reales de un intérprete.

La paradoja es un tanto absurda, sobre todo porque cualquier registro fonográfico pasa por una serie de alteraciones que, si el ingeniero encargado de la grabación es eficiente, hace que la voz mejore en un buen porcentaje.

En fin, esos son asuntos polémicos que nunca acaban de discutirse. Por lo pronto, algo que es una realidad son las transmisiones de las temporadas de ópera desde el Met de Nueva York.

Puestas en escena fastuosas, cantantes de primerísimo nivel, escenógrafos tradicionalistas o audaces, todo un conjunto de propuestas que están ante los ojos y los oídos de un espectador que acude al Auditorio Nacional y queda complacido ante un espectáculo que se mantiene vivo y con una infinidad de escuchas.

Tan sólo, la función de El elíxir de amor de Gaetano Donizetti, en la producción de Bartlett Sher, en donde compartieron los papeles protagónicos Ana Netrebko, Mathew Polenzani, Mariusz Kwiecien y Ambrogio Maestri fue de belleza singular. Trabajada en la estética del realismo, se usaron pollos asados y frutas para que los cantantes hicieran a un lado los alimentos de utilería. Se cuidaron todos los detalles, manteles rústicos y un sinfín de elementos atisbados por el recorrido de las cámaras. Sin que esto sustituya la experiencia inigualable de asistir al teatro y conservar un punto de vista, aunque este sea menos indiscreto.

El sonido en las transmisiones es espectacular y se despliega con toda su riqueza expresiva a lo largo y ancho del Auditorio Nacional. También es posible encontrar la excelencia en cantantes jóvenes como el caso del tenor estadunidense Mathew Polenzani, de hermoso timbre y capacidades vocales que ya, desde ahora, dan fruto.

La Netrebko, figura destacada de la escena internacional, es un deleite absoluto. Hermosa, algunos le reprochan su capacidad para sumar kilos, aún así, lo que importa es su presencia carismática y, sobre todo, su técnica y su delicadeza vocal. Si hace más de un lustro se consagraba, al lado de Rolando Villazón, en La Traviata, enfundada en un vestido rojo de seda, ahora es una cantante de enorme solidez y una experta en belcantismo. Por cierto que el año pasado en el Met, la soprano francesa Natalie Dessay tuvo un descalabro con la más famosa de las óperas de Verdi al desafinar y entrar en una especie de caída libre ante la misma puesta escénica, con todo y el atuendo escarlata, que hiciera triunfar a su antecesora Netrebko.

La temporada que en la actualidad se transmite, la del 2012-2013 es un recorrido que incluye algunas novedades, entre ellas La tempestad del compositor inglés contemporáneo Thomas Adès, que se estrenara en 2004 y que retoma la obra de William Shakespeare; o la reposición de Francesca da Rimini del italiano Riccardo Zandonai, que tardó 25 años en retornar al escenario neoyorquino. Un hecho es determinante, la ópera del Met cuenta con los recursos necesarios, sobre todo en lo económico, para hacer lo que quiera, además de ser una institución que se maneja de manera global y admite cantantes de todo el orbe. Sus exigencias son mayúsculas y los resultados lo demuestran, por lo regular sus funciones son opulentas, plenas de aciertos y, por ello, si hay fallas estas se amplifican al extremo. Asistir los sábados al Auditorio para ver estas transmisiones es una víspera del gozo.

La próxima función es Otelo de Verdi con Renée Fleming y Johan Botha, y es el sábado 27 a l medio día. Por unas horas es oportuno alejarse del purismo y disfrutar un espectáculo que atrapa sin más.