En el 2001 apareció el libro Notas falsas, compendio de reflexiones, máximas, epigramas, sátiras, prosa poética, aforismos en los que su autor, el director de orquesta, ejecutante, compositor, promotor cultural, Luis Herrera de la Fuente (1916-2014), plasmó un conjunto de ideas sobre la vida expresadas de manera chispeante y erudita, con gracia, tal como él era.

El texto en cuestión representa el mejor medio para conocer a este hombre extraordinario, a un ser humano de gran sensibilidad. Notas falsas aparecía después de La música no viaja sola (FCE, 1998).

El maestro, figura destacada del siglo XX mexicano, falleció hace unos días. Se sigue con esto una tradición cuasi cabalística que dicta que los mexicanos de calidad se van en grupo; tal vez por eso también nos dejaron el maestro Silvio Zavala y el gran Vicente Leñero (...) Se están yendo los buenos.

Luis Herrera de la Fuente, siempre jovial, amable salvo periodos breves en que el infortunio se ensañó con él-, era de modales finos, de aspecto frágil, pero siempre vivaz. Un hombre con una vida interior muy rica, que se notaba en la expresión de sus ojos.

Notas falsas surgió a raíz de una convalecencia penosa, en que el maestro se refugió en la escritura como una manera de seguir presente en el mundo. En estas páginas, su gusto por la literatura (su primera vocación) y la poesía están presentes, pero no sólo eso: también amaba la pintura. Recuerdo que las paredes de su oficina como director de la Filarmónica de la Ciudad, en 1991, las llenó de cuadros de su propiedad, sobre todo de obra de Portocarrero, porque aquí las paredes estaban desnudas .

Amaba todo lo que tuviera que ver con la creatividad humana. Por eso mismo, en contraposición al acto virtuoso, huía de la nota falsa, del error, del yerro, de la metida de pata...

Notas falsas hace referencia a esa desagradable pifia que tiene que ver con no dar la nota debida o debidamente... El maestro lo explica así: En la mitología de la música la llamada nota falsa es un monstruo más temido que las gorgonas. Hay razón para ello: si no se atina a la nota impresa, la nota falsa es convertida en piedra por la hipnótica mirada de Medusa. No hay Perseo que tronche a tiempo su testa viperina. Un dicho nuestro da en el meollo: ‘Palo dado ni Dios lo quita’. Dedo que pisa donde no debe, en un teclado, cuerda o llave, causa una disrupción irreversible en el rostro inmaculado de la música. La nota falsa es la pesadilla del virtuoso. Es la piedra de toque por donde se asoma el rabo que, a la postre, conduce inexorablemente a la picota .

Continúa Herrera de la Fuente: No hay nada censurable en este pudor estético; se trata de una cuestión de honor, y por el honor se da la vida. Según Stefan Zweig, en el ámbito musical de Viena una nota falsa es una vergüenza nacional . Este aforismo debiera ser impreso en todos los atriles que usan nuestras orquestas.

Aunque esta otra anécdota debiera estar en letras de oro en los recintos. Por supuesto, no decimos de cuáles orquestas por pudor nacional: Es sabido que Alcibíades, en El banquete, equipara el verbo lúcido de Sócrates con la destreza y el estro de nuestro flautista Marsias; pero Marsias osó desafiar a un dios. Apolo tocó su lira con divina perfección; Marsias, acorde con su condición humana, manchó su ejecución con algunas notas falsas. Por ello fue desollado vivo .

Sensibilidad social

Pero Herrera de la Fuente no estaba metido en una burbuja, sino que permanecía en contacto con la realidad nacional. Y, curiosamente, sus críticas y observaciones eran atendidas por la autoridad.

Aquí una anécdota que destaca su sensibilidad social. No sé si en su oficina de la Filarmónica de la Ciudad o en su casa, me mostró una fotografía en la que se ven, por un lado, una orquesta sinfónica con toda su dotación (chelos, bajos, violines, timbales...) y Luis Herrera de la Fuente levantando la batuta bajo un árbol frondoso y, por otro lado, a un grupo de hombres y mujeres indígenas, de pie, embelesados escuchando (así lo denotaban sus caras). El telón de fondo de esta escena eran unos cerros escasos de vegetación y los surcos donde la vida germina. Esa vez, el maestro me platicó que le había gustado mucho esta experiencia de llevar una orquesta sinfónica al campo (también la llevó a reclusorios), sobre todo por la respuesta de los indígenas: gustosa, de júbilo, por haber descubierto una música distinta a la que ellos estaban acostumbrados.

Finalmente, Luis Herrera de la Fuente en este mismo libro nos regaló un pensamiento acerca de la muerte:

La memoria es un calambur, imposible adivinarla, hallar la trampa que oculta la nostalgia. Cartaphilus escribió (Borges, El inmortal ): ‘Cuando se acerca el fin, ya no quedan imágenes del recuerdo; sólo quedan palabras’ .

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