Este año, no lo sabremos nunca, es quizá el que estuvimos esperando. Tal vez no tarda en llegar el momento de la liberación y la salud.  El día en que no tengamos que escuchar odiosas frases hechas como “el tiempo lo cura todo” o “tú nomás échale ganas” Y ojalá, nunca más, toda la retahíla de conclusiones cursi-pandémicas del estilo “en este tiempo de encierro mi espíritu aprendió a ser más libre que nunca”. Ya no escuchar conceptos como las oportunidades en la crisis ni de falso sufrimiento por los abrazos que no nos hemos dado (y no vamos a darnos jamás). Mejor, si se trata de consuelo, acudir a lo ya escrito. Nostalgias verdaderas para este fin de enero.

Justo Sierra Méndez, oriundo de Campeche, vino a este mundo el 26 de enero de 1848, apenas dos años después de la ocupación de la isla y el puerto del Carmen por fuerzas norteamericanas. Participaría en todos los momentos estelares e infamantes de la evolución política, social, cultural y hasta moral del México del siglo XIX y principios del XX y sería atento observador de los colores variopintos: del progreso y la modernidad contra los de la barbarie y la pobreza. Fue juarista de pluma y de corazón y testigo de la verdadera lucha entre liberales y conservadores. No peleó con las armas sino con la pluma y no quiso defender al poder sino al entendimiento.

Muy joven abandonó Campeche para estudiar en la ciudad de México y a la nostalgia por su tierra, a sus ganas de volver reaccionó escribiendo lo siguiente: 

“Mi tierra natal es un país donde florecen los cuentos y brotan las leyendas. No bien ha traspuesto el sol las cercanas colinas, cuando ya es grata la sombra de los robles y el vaivén refrescante de la hamaca. Qué dulce es el murmurar de las ondas, qué perfumada es la brisa, cómo de pintorescas las flores. Dios ha puesto el modelo ahí y largo tiempo hace que el hombre se afana en vano bosquejando copias. (...) Sobre este retrete de delicias pasan las brisas marinas; a su pie se tienden las algas en derredor del muelle, charlan las olas, plegando sin cesar su sábana líquida ribeteada de encaje. Allí la vida es dichosa”

Sin embargo, los recuerdos de Campeche no sólo usan vestimenta literaria y son materia de poesía También guardan memorias de la “odiosa escuelita, pesadilla constante de los niños de mi tiempo, con su inútil programa de enseñanza gramatical” y describe con sorna el espanto que le provocaba tener que regresar cuando se acababan las vacaciones.

Fueron tantos encierros trabajando en la ciudad de México y tantos viajes a otras tierras que en los libros, informes y crónicas de Justo Sierra, existen infinidad de anotaciones gastronómicas sobre la buena comida de su tierra. Y lo evocará en cada oportunidad. Mientras más lejos con mayor antojo. Famosa, la ocasión cuando en 1895, después de una excelente comida de negocios que hizo en Nuevo Orleáns, terminó sus elogios diciendo: “¡Con decir que sólo en Campeche se come mejor está dicho todo, y eso que pronto hará 38 años que no como en Campeche”.

Jorge Ibargüengoitia, novelista, cronista y dramaturgo que también nació en enero, pero el día 22 de 1935, también tiene un escrito de volver, como hoy nosotros, a lo que era su normalidad, después de haber estado lejos y de vacaciones.

“En los últimos diez días me ha ido invadiendo un sentimiento que no experimentaba desde hace casi cuarenta años. En aquella época la Navidad tenía siempre la espada siniestra. Pasado el día 25, todo lo bueno se había acabado y en el horizonte no quedaba más que el fantasma de la escuela: regresábamos a clases el 8 de enero. En las noches –casi todas- dormía y soñaba que estaba otra vez en la escuela. Una escuela extraña, más aburrida y más peligrosa que la de la vida real. Lo peor es que despertaba de la pesadilla y después de un instante de alivio –el que me hacía darme cuenta de que estaba en mi cama y no en un pupitre-me acordaba que las vacaciones estaban acabándose y me quedaba con los ojos abiertos sintiéndome peor que cuando estaba dormido. Este preámbulo imaginario es peor que la escuela misma. Ahora estoy igual. Siento que ya se me olvidó cómo se hace para escribir artículos y que voy a tener que volver a aprender el oficio trabajosamente. ¡Qué distinto fue cuando empezaron las vacaciones!  A no cumplir con mis obligaciones me acostumbré como un rayo. (...) Los días se pasaron entre eternos y un suspiro y ahora ya están de vuelta aquellos tiempos. Dormido sueño que estoy escribiendo un artículo que me cuesta mucho trabajo, despierto y me da alivio estar en mi cama; pero luego me levanto, me siento frente a la máquina y escribo este artículo.”

Justo así estoy yo y estamos todos, ¿no es verdad lector querido?

Todo igual. Nada más faltaba que hoy fuera lunes.