Primera parte

La labor, plantea Hannah Arendt en La condición humana, corresponde al reino de la necesidad. Como animal laborans, el ser humano está atado a la necesidad de mantenerse, reproducirse y conservar el mundo. Aunque la filósofa parte del examen del trabajo esclavo y no del de las mujeres en el ámbito privado, este concepto permite destacar una doble característica de las labores domésticas: su carácter imprescindible y efímero. Quitar el polvo parece irrelevante hasta que, por no hacerlo, éste se va acumulando y la suciedad se apodera del ambiente. Ésta, como otras tareas, no por repetida se vuelve menos necesaria, ni queda jamás terminada para siempre. Lo mismo que cocinar, barrer o cuidar infantes y personas enfermas es una labor interminable que, sin embargo, no se ve ni se traduce en dinero, valor supremo de la sociedad contemporánea.

Desde esta perspectiva, estimar el valor monetario de esa labor contribuye a hacer visible la importancia de las actividades de quienes no trabajan , según se dice, porque se ocupan del hogar . Los datos de la Cuenta Satélite del Trabajo no Remunerado de los Hogares de México para el 2014, recién dados a conocer por el Inegi, muestran sin duda el peso económico de las tareas del hogar y de cuidado. Muestran también la gran desigualdad que sigue privando en el uso del tiempo entre las mujeres y de los hombres. Esas tareas irrelevantes representan 24.2% del PIB; es decir, más que las manufacturas, el comercio o los servicios educativos, porcentaje que ha ido en aumento desde el 2010.

En términos económicos, esta cifra es ya significativa pero sólo sintetiza parte de la historia.

¿Quién realiza esas labores? En su mayoría, las mujeres, aunque la diferencia en relación con los hombres no es muy grande, según datos del 2013. Eso en sí no es nuevo. Tampoco lo es que las mujeres dediquen tres veces más horas semanales que los hombres a las tareas domésticas (38.7 vs. 13.2), pero llama la atención que la carga de trabajo de las mujeres también haya aumentado de un año a otro en la misma proporción; es decir, aunque los hombres dediquen un poco más de tiempo a esas labores que las mujeres, éstas siguen trabajando más. Por otra parte, el Inegi corrobora que las mujeres que se integran al mercado laboral no por ello se liberan de la carga doméstica: ésta permanece sobre sus hombros y su carga total de trabajo (pagado y gratuito) es, por tanto, mayor. A ellas además les siguen correspondiendo, por costumbre y desigualdad, las tareas de alimentación, limpieza y cuidado, mientras que los hombres se ocupan más de la administración y el mantenimiento. Si la mujer vive en el campo, está casada y tiene hijos, su carga de trabajo desde luego se incrementa. Y si es niña, de entre cinco a 11 años, poco a poco irá ayudando más en las tareas de limpieza y cuidado que sus hermanos: la desigualdad de género también se sigue aprendiendo desde edades muy tempranas.

La información que aportan este tipo de cuentas nacionales permite cuestionar la descalificación de las labores domésticas y de cuidado y debería llevar a un cambio de política pública, si el objetivo fuera lograr la igualdad y asegurar el bienestar de todos. Las mujeres, con ese trabajo no pagado y no valorado, contribuyen a la reproducción de la fuerza de trabajo, suplen los servicios de un Estado que abandona cada vez más su responsabilidad social y remite el cuidado de la salud y parte de la educación a las familias, y dentro de ellas a las mujeres y a las niñas. La jornada para muchas no es doble, sino triple por falta de guarderías, escuelas de tiempo completo o casas para la tercera edad, o porque en la casa no hay agua potable y hace falta acarrearla o esperar la pipa.

¿Qué hacer? Tal vez empezar por asumir todos la misma responsabilidad por esas tareas necesarias para cuidar y preservar el mundo. Y también exigir condiciones que hagan viable la tan pregonada armonización entre vida personal y laboral.