No tengo gran perspectiva porque esta es la segunda vez que cubro el Festival Internacional de Cine de Morelia (FICM), pero debo decir que me gustaron menos películas que en el 2013, la primera vez que fui al FICM.

Este año la selección oficial de largometraje mexicano, en especial, me pareció muy pobre. Algo así como un montón de cintas sobrantes de un encuentro de jovencitos directores del CCC que son, más que otra cosa, pretenciosos. Ojo, no digo que la ambición y la búsqueda de otras formas narrativas sea algo malo, pero al final de cuentas tienen que funcionar para contar una historia entretenida, intrigante, entrañable y finalmente memorable.

No sé qué le vio el jurado a Yo, la cinta de Matías Meyer que resultó ganadora del festival. Me pareció aburridísima. Basada en un cuento de J.M.G. Le Clézio, la película cuenta la historia de un hombre-niño estacionado mentalmente en la edad de 15 años que, como dijo su director en conferencia de prensa, es un personaje que siempre roza la tragedia, porque el mundo es cruel y él es inocente.

Suena bien, ¿no? Ah, si todo fuera como suena. Yo le cabeceé un par de veces durante la proyección y me fui con gusto cuando terminó. Tampoco es una película muy original: esa idea del ser puro, discapacitado, en contra de un mundo cuya realidad no alcanza a abarcar es vieja, explorada en decenas de obras narrativas con el mismo final, las mismas consecuencias. Nada que contar a casa, la verdad.

No todo fue malo en Morelia; debo decir que tres de las cintas en competencia me sorprendieron gratamente. Y una más me pareció una buena idea, pero no muy bien realizada.

Primero las buenas. El placer es mío, de Elisa Miller, me pareció un gran retrato de la generación que está entre los veintimuchos y los treintaypocos. Cierto, este año abundaron las películas que quisieron ser la voz de una generación , pero la cinta de Miller lo hace sin que ése sea su tema central. Rita (Edwarda Gurrola, en uno de los pocos papeles que ha aceptado en la última década) y Mateo (el novato Fausto Alzati) se mudan a vivir a una casa de campo y lo que primero parece una aventura pronto se convierte en la desintegración de su pareja.

Me gustó porque: a) ver un retrato sobre mi generación que me parece plausible me sorprendió y b) sea como sea, la historia está muy bien narrada, no tiene huecos, a pesar de su ritmo más bien pausado. El jurado le dio a El placer es mío el premio a mejor ópera prima.

Otra sorpresa: Te prometo anarquía, de Julio Hernández Cordón. La historia de un par de skateboarders metidos en el negocio ilegal de la venta de sangre es una entretenida historia sobre la adolescencia. La trama juega con el cine de vampiros hasta que descubrimos que los verdaderos monstruos son mucho más reales: la sangre la compra el narco para, suponemos, atender a sus heridos. Es también la historia de un amor, el de Miguel y Johnny, los dos personajes centrales, quienes a pesar de ser gays viven bajo el código rudo y machista de las calles: son fantásticos personajes, y cuando terminó la película tuve ganas de saber más de ellos. Te prometo anarquía se llevó el premio de la prensa. Era predecible: la función de prensa acabó con ovaciones y gritos de emoción. En serio, no exagero, lo colegas la amaron.

Sopladora de hojas es chistosísima. La ópera prima de Alejandro Iglesias me recordó a Temporada de patos, la ópera prima de Fernando Eimbcke. Como Temporada de patos, su trama es muy sencilla, una serie de ocurrencias y episodios en la vida de un grupo de amigos. En este caso se trata de Lucas, Mili y Rubén, tres muchachos a punto de convertirse en adultos, que tienen como tarea heroica encontrar unas llaves perdidas en un parque. El cuento pronto nos revela la vida de estos personajes entrañables y los pone de frente a su primera experiencia con la muerte.

Y, bueno, quise con todas las ganas que Almacenados, de Jack Zagha, me gustara. ¿Por qué? Porque las otras dos comedias de Zagha, Adiós, mundo cruel y En el último trago, me parecen muy buenas películas, imperfectas, pero llenas de buenas ideas. Almacenados no es diferente, una trama en la que sólo hay dos personajes en un ambiente opresivo, un almacén sempiternamente vacío. La cinta es una especie de Esperando a Godot, pero, ay, Jack Zagha, ¿cuándo aprenderás que el ritmo es todo en la comedia?

De verdad me hubiera gustado que para el año que viene la caballada de cine mexicano sea menos esbelta y tenga un poco más de la grasita del buen humor y la buena narración.