Hoy en el Archivo Gustavo Casasola hay varias fotos de casas. Casas ricas y casas de vecindad; casas en las que apenas alcanza para comprar la leche y otras en las que no sólo hay leche sino coñac, la leche de los ricos.

En una de las fotos aparece una vecindad. Pienso en todo lo que las vecindades han hecho no sólo por la sociedad entera, sino en específico por la cultura popular mexicana. En la llamada época de oro de nuestro cine muchas cintas se rodaron en vecindades.

El cine de vecindad es casi un género. Veamos a Emilio Tuero jugando billar y tenemos todo un mundo. Un mundo de quinto patio. Un mundo de baños comunales y de lavaderos donde se narraba toda la mitología de ser un hijo de vecindad. Imaginen el sexo que se obtenía en esos lugares.

Bueno, no hace falta imaginarlo, en el Callejón de los milagros ya lo ilustraron lo suficiente. ¿Recuerdan esa gran escena entres Ernesto Gómez Cruz y Esteban Soberanes?

Ese romance entre un macho-macho y un delicado vendedor de calcetines es una de mis favoritas del cine. Es como si se desnudara tu tía, la católica de rosario.

No sé si la vida en vecindad fuera tan erótica pero lo cierto es que esos hacinamientos en pocos cuartos de vecindad algo significaban. Si no tienes sexo con tus vecinos, ¿entonces qué?

Fundación Casasola por la Cultura, A.C.

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