El momento es terrible: después de múltiples forcejeos, los más beligerantes de los visitantes rodean el establo, dispuestos a todo. Dentro de las puertas de madera, aseguradas con varios candados y cadenas, ellos miran por las rendijas con sus ojos opacos. Para los habitantes de la granja, dentro del granero no hay muertos, caminantes , como los llaman los demás, monstruos o amenazas que requieran ser eliminadas; dentro están sus familiares, la madre, el hermano, el jardinero... Y están enfermos, sólo que la cura se desconoce. Unos lloran y otros sacan sus armas y cuentan las balas: es hora de acabar con el peligro que los acecha ahí, justo en el centro de lo que parecía un santuario en este nuevo apocalipsis. Es el inicio de la escena climática del midseason finale de la segunda temporada de The walking dead. Uno de los momentos más intensos de la televisión del 2011.

Hay quien podría alegar que los cinco minutos en los que el precandidato imbatible se batía consigo mismo para recordar sus lecturas de infancia fueron más terroríficos. Para sus asesores de campaña seguro que lo fueron: hubieran preferido matar zombies.

La televisión crea realidades paralelas, pensemos en el departamento de parques y jardines de una pequeña ciudad del medioeste llamado Pawnee. Sus funcionarios, liderados por la siempre entusiasta Leslie Knope (Amy Poehler), luchan contra las restricciones de un presupuesto limitado, inspiración en la parálisis gubernamental que fue las delicias de Obama en la última legislatura de su país. Lo importante es sacar adelante el festival de la cosecha y, para eso, se recurre a todo, inclusive a la estrella local: Li’l Sebastian, un poni poco agraciado pero capaz de conmover al más duro burócrata. Su funeral, un par de episodios más tarde, ejemplifica cómo los mejores sitcoms de la actualidad (Parks and recreation entre ellos) son los que rompen los esquemas cerrados que, paradójicamente, fueron el origen de la comedia de situación.

Otro ejemplo es Community, que convierte el planteamiento del colegio técnico para perdedores en un delirio donde cabe todo: desde un episodio de Halloween donde todos se convierten en zombies, hasta un western donde Josh Holloway es el pistolero que los puede salvar a todos. Community bromea y lleva las referencias posmodernas hasta sus últimas consecuencias. Partiendo de la autorreferencia, pero también de un sentido del humor que nace en parodia y pasea por el humor más camp imaginable.

Es exactamente el otro lado del espectro del fallido rescate de Two and a half men. Después de la salida de su protagonista, un contrato millonario para Ashton Kutcher fue la pauta para una temporada donde todo el elenco y, en particular, el usualmente efectivo John Cryer, sobreactúa con exceso de ganas y voluntad que no suple la maquila de chistes viejos. La comedia del chico malo, el perdedor y el tonto es más cadáver que los caminantes que rondan los suburbios de The walking dead.

Hay quien va entendiendo que a veces la intensidad suple cualquier deficiencia en la trama. Así es, un poco, Luther, policía de procedimiento británico, que se centra inicialmente en el poder deductivo de su titular (Idris Elba) para después ahondar en una organización policiaca donde todo está tan mal y podrido. A veces cuesta diferenciar de qué lado acampa la verdad o la justicia. Durante su primera temporada Luther acosa a su exmujer, se asesora con una asesina serial impune y resuelve los casos pasando por encima de lo que se le ponga enfrente. Los personajes de Luther suelen detenerse en algún momento de la historia y preguntar en voz alta: ¿Y ahora qué? , en perfecta sintonía con la voz de un espectador ávido de vueltas de tuerca.

El procedural es un campo que tiene más que dominado Criminal minds, sobre un comando de profilers de élite del FBI, viajando por todo el país, asesorando a la policía local para hacer frente a los mayores ejemplos de perversión. Una fórmula muchas veces intentada desde que Thomas Harris inventara a Jack Crawford en Dragón rojo. Esta serie inquieta muchas veces y decepciona pocas, quizá porque siempre respeta la inteligencia del espectador, construye su narrativa como una sucesión de procedimientos pseudo científicos que llevan a rastrear al culpable. No hay magia detrás, aunque su facilidad para construir perfiles ronde en el misticismo (aunque este año podría destacarse Whitechapel). Para ilustrar la diferencia, basta ver esa basura titulada Criminal minds: suspect behavior, donde Forest Whitaker debe comandar a un equipo similar, pero encubierto entre las fibras de la sociedad. Un grupo de policías que viste a la moda hip hop, abre mucho los ojos, y teclea en notebooks que producen resultados con los que no soñaban ni en Hogwarts. Las series son opuestos en un espejo dialéctico. La inteligencia frente a la estupidez. La lógica frente al absurdo. Personajes convincentes frente a poses de caricatura.