Jean-Marie Gustave Le Clézio lo dijo sin ambages, así, puntual como sus libros: México no está en guerra. Algo de aires bélicos debe saber el Nobel francés, que le tocó vivir de niño la Segunda Guerra Mundial tan de cerca que tuvo que huir de su pueblo natal cuando llegaron los alemanes.

Le Clézio, por supuesto, se refería al ambiente de violencia generada por el narcotráfico, que también dijo, no es privativa de México. Están todavía a tiempo de hacer lo que estamos haciendo ahora, reunirse y platicar, encontrar soluciones . Y así comenzó esta nueva edición del Hay Festival Xalapa, fiesta literaria que llega por tercera vez a nuestro país.

El corazón del Hay es la conversación, de eso se trata: de que pensadores de todo el mundo se reúnan en un escenario y compartan con el público. Le Clézio platicó con el historiador Jean Meyer y el escritor Martín Solares. Fue el acto inaugural del Hay.

Le Clézio tiene una larga y muy cariñosa relación con México, una relación que ha visitado en múltiples ocasiones en su literatura. En el Teatro del Estado, repleto, el autor nos contó a todos durante más de una hora su historia mexicana.

Cuando llegué a México por primera vez me pareció un lugar de cultura, de aire intelectual, de elegancia , dijo. Corría el año de 1967 y Le Clézio era un muchacho francés al que le tocó cumplir su servicio militar primero en Tailandia (que en plena guerra de Vietnam era el lupanar de los soldados estadounidenses… no me gustaba Bangkok, donde se respiraba violencia y vulgaridad ) y después en la ciudad de México. Ahí conoció a otro joven francés con el que hizo migas pronto. Su nombre: Jean Meyer.

Meyer y Le Clézio, compinches jóvenes y ávidos de aventura, se embarcaron en un viaje que selló su amistad de por vida. Quién sabe cómo (quizá ya ni se acuerdan exactamente), los dos acabaron cruzando la sierra huichola con una caravana de vendedores de cerveza. A bordo de una mula que no caminaba mucho ( La de Jean sí caminaba y pronto me dejó atrás , dijo sonriente Le Clézio), los dos franceses se metieron al México profundo, a ese México del Bajío que tanto les ha dado a ambos.

Meyer creció para doctorarse en historia y convertirse en uno de los máximos expertos de historia de México, especialmente del elusivo drama de la Guerra Cristera. Se quedó, sentó raíces con una mexicana y hoy habla un español prácticamente nativo.

Jean-Marie Gustave Le Clézio vivió en México varios años (especialmente en Michoacán), pero su inacabable wanderlust lo ha llevado por el mundo. Todavía conserva una casita en México.

LOS DOS AHIJADOS DE DON LUIS

El personaje principal de la noche no fue uno sacado de los libros de Le Clézio. Fue otro: un estimado, reverenciado, don Luis.

Don Luis, que les enseñó a los dos francesitos sobre este país. Don Luis, de quien ambos hablaron como quien habla de un padre.

Don Luis, que se atrevió a desafiar a la academia y a contar la historia a su modo, al modo de las personas de a pie, de la vida de la gente en un pueblito que casi no aparece en el mapa pero que en sí mismo guarda toda la historia de una nación. Don Luis no es otro que el historiador Luis González y González, maestro de Meyer y de Le Clézio, un hombre que tuvo con ellos gestos generosísimos, los acogió en su casa, los hizo de algún modo sus ahijados intelectuales.

Jean Meyer nos contó como en su pequeño pueblo natal de San José de Gracia, Michoacán, Luis González y González se tomó un año sabático para reconstruir, gracias a largas pláticas con la gente del pueblo, la historia de esa tierra. Y cada vez que acababa de escribir un capítulo iba y lo leía en la plaza principal.

Y la gente le corregía, le cambiaba palabras, le decían ‘No, Luisito, eso no pasó así’ , contó Meyer (quien, por cierto, es un gran conversador, de esos que hacen voces y tienen buen timing cómico).

Al final Luis González y González escribió un libro en la lengua autóctona de San José de Gracia, Pueblo en vilo, que hizo que la academia se rasgara las vestiduras pero que descubrió lo que a esa academia altanera se le estaba escapando: la microhistoria.

concepcion.moreno@eleconomista.mx