Dicen que cuando entraron los españoles al valle de México, con la clara intención de conquistarnos, en esta ciudad había 120,000 casas y en cada una tres y cuatro y hasta 10 vecinos, de manera que sumaban más de 300,000 habitantes. Que las casas eran de adobe y encaladas por encima para que no pudieran llover por dentro. Que no eran muy vistosas ni lucían mucho y sólo servían a los dueños de abrigo y amparo de la vida. Un amparo que muy poco duraría.

A base de espada, cruz y martillo, aquella antigua ciudad de Tenochtitlan, capital del reino azteca, fue cambiando de aspecto rápidamente para convertirse en una urbe distinta, mil veces descrita con maravilla y asombro, pero también protagonista de una dolorosa cadena de plagas, epidemias, escombros y destrozos. Aún no había acabado la exploración de los conquistadores cuando se produjo la tristemente célebre epidemia de viruelas trasmitida por un esclavo negro que había llegado con Narváez y que, según Bernal Díaz del Castillo, “fue la causa de que se pegase e hinchiese toda la tierra de ellas, de lo cual hubo gran mortandad”. Aquella primera gran epidemia costó la vida a miles de indígenas; entre ellos a Cuitláhuac, hermano de Moctezuma, que le había sucedido en la jefatura del pueblo azteca. Los indígenas, que jamás habían visto tal cosa, le asignaron el nombre de hueyzahuatl, que quiere decir “la gran lepra”. Con ella se inauguró la terrible sucesión de calamidades.

En un texto de Motolinia, que Artemio del Valle Arizpe cita como “epígrafe del trágico obituario de las familias aztecas”, puede leerse lo siguiente:

“Hirió Dios y castigó esta tierra y a los que en ella se hallaron, así naturales como extranjeros, con diez plagas trabajosas...” y de ahí salta a describir seis desastres como calenturas, podredumbre en el estómago, pústulas y ronchas y otras enfermedades que aún no tenían nombre y nos vinieron a regalar los conquistadores, epidemias extranjeras, como se dice hoy.

 “La séptima plaga  fue la edificación de la gran Ciudad de México en la cual andaba tanta la gente entre las obras que apenas podía hombre romper por algunas calles y calzadas, aunque son muy anchas; y en las obras a unos aplastaban las vigas, otros caían de alto, a otros quedaban debajo de los edificios que deshacían en una parte para hacer en otro, en especial cuando deshicieron los templos principales del demonio. Allí murieron muchos indios, y tardaron muchos años hasta arrancarlos de cepa. De ellos salió infinidad de piedra”, continúa el buen fraile.

Tan excelso cronista no alcanza —porque la vida es corta y el tiempo inconmensurable— a describir otras emergencias sanitarias que hicieron historia en nuestras tierras: la infecciosa de cocoliztli, (salmonela), que de 1545 a 1550, ocasionó el deceso de aproximadamente 15 millones de personas y se considera como la segunda peor epidemia en la historia, después de la peste negra. Tampoco pudo hablar del permanente azote del paludismo (malaria) que ocasionó 24,000 decesos por año hasta finales del siglo XIX en México, ni de la epidemia de gripe española —abuela de la influenza—, que según datos de la Secretaría de Gobernación de entonces y de ahora, acabó con 500,000 personas en el año de 1918.

Famosa y desgraciadamente coyuntural fue la doble desgracia de 1833 cuando estalló la epidemia de cólera, cuyos síntomas de deshidratación severa y diarrea provocaron el horror y la muerte de 324,000 personas ese año y se combinó con el tifo que azotó a Cuautitlán, llevándose a 3,114 en tan sólo siete meses.

Barcos de entonces, como los aviones de hoy, llegaron también cargados de desgracias sanitarias: la fiebre amarilla llegó por Mazatlán cuando desembarcaron 33 enfermos procedentes de Panamá y la muerte tenía permiso, así que se llevó a 2,541 personas, aproximadamente 16% de la población estimada en aquel año de 1840. Con Maximilano de Habsburgo llegó la disentería y en 1903, la epidemia de la peste negra, de la variedad bubónica, se manifestó también en el puerto de Mazatlán. Se presume que el virus lo portaban unos marineros que venían a bordo del vapor Curacao procedentes de San Francisco, California. Se infectaron 824 personas, de las cuales fallecieron 582. Y se registraron  las primeras acciones serias de las autoridades médicas mexicanas, que ya no incluían sangrías, mascar semillas de mostaza o tomar infusiones de vinagre caliente. En aquella ocasión se desinfectaron 1,399 casas y se incineraron 1,103. Y muy distinto a nuestra moderna cuarentena de hoy, se decidió aislar a 2,146 personas.

Todo aquello terminó y frailes, viajeros, cronistas y escritores volvieron a describir nuestras tierras como llenas de luz, agua, verdor y regiones de aire transparente.

Otras pestes llegarían. Lo sabe bien usted, lector querido, que por la mirilla de la puerta observa el nuevo azote o amenazado y afuera espera que no lo toque.

Y así, mucho escombro y ruinas quedarían, por mucho tiempo, sumidas en el olvido y esperando a resurgir como recuerdo.