Gordon Matta-Clark vivió sólo 35 años. Un tipo sui generis: mitad inglés, mitad chileno, hijo del pintor Roberto Matta. Guapo, con sentido del humor, arquitecto medio cineasta y algo así como performer.

Artista en Nueva York, sus obras eran recortar edificios: les hacía huecos, hoyos, entradas donde no iban las entradas, ventanas donde parecían excesivas. Su idea era dislocar el paisaje urbano, que lo que la gente pensaba de la ciudad se transformara con la misma violencia con la que se transforma el paisaje agreste.

De sus obras sólo quedan fotos y películas, ninguno de aquellos edificios de 1,000 puertas quedan en pie. Hoy esas documentaciones son obras en sí mismas, atesoradas por los museos de arte contemporáneo del mundo.

Matta-Clark usaba dreadlocks: rastas. Un güero con peinado de negro jamaiquino, un look muy de universitario gringo de los 70.

En 1972 decidió cortarse el pelo, pero como aparentemente para Matta-Clark todo era performance, hizo un mapa de su cráneo y numeró sus coletas rastafari. La idea era hacerse una peluca (el padre de un amigo suyo confeccionaba pelucas) para poder elegir, a veces ser el Gordon de pelo corto, que se ve mayor a sus 29 años de entonces, a veces ser el elegante esperpento reggae.

La peluca no se hizo. Al alegre Matta-Clark lo devoró el cáncer de páncreas. Murió en 1978, dos años después de que su hermano gemelo se suicidara.

Hair (Pelo) es un conjunto de objetos que crean la pieza final de aquella peluca malograda. La mata de Matta-Clark. Un conjunto desgreñado de rastas numeradas y las fotos del antes y el después (con las rastas se ve serio, solemne como un rockstar; con el pelo corto se ríe, parece un escritor joven en la contraportada de su exitosa novela). Esos pelos son como reliquias de santo, el testimonio muy presente y carnal de que Gordon Matta-Clark existió y de quién fue. De cómo habitó este mundo.

La pieza es divertida, pero también conmovedora. También así se podría definir Habitar el tiempo, la exposición del Museo Jumex de la que forma parte.

DIVERTIDA Y CONMOVEDORA

Curada por Michel Blancsubé, Habitar el tiempo podría contarse como la novena relectura de la Colección Jumex. Blancsubé, que por varios años fue el jefe de acervo de la colección, juega con ese montón de piezas extrañas, algunas inclusive asombrosas, desconcertantes y muchas veces disímbolas, y consigue armar una historia, un tema, una novela plástica, para conformar exposiciones que resultan tener sentido.

Ese es el trabajo de todo curador, pero Blancsubé es un caso especial. Tiene un gran respeto por la historia del arte. Sus lecturas de la Jumex siempre tienen un contexto. Y el recorrido es agradable.

Muchas veces, desafortunadamente, los curadores de arte contemporáneo piensan que su público debe ser de iniciados en el arte, o de esnobs que están dispuestos a aplaudir todo lo que no entienden.

Cada vez que he recorrido una exposición de Blancsubé no me he sentido obligada a apreciar lo que no entiendo, sino más bien invitada a ser una cómplice, como si el curador y el equipo museográfico me quisieran contar un montón de buenas historias con cada pieza. Hay textos claros en las salas, algunas anécdotas atractivas (como la de la peluca de Matta-Clark; en otro espacio puedo imaginar que podría estar la pieza sola) y buenas descripciones de cada pieza. Mucho se desprecia al visitante cualquiera que depende de las placas museográficas para entender una obra. Pero una descripción puntual y clara puede hacer que hasta el más fiero antagonista del arte disfrute del mensaje de esa obra. Ayuda al arte.

Hay sentido del humor: una de las arañas monumentales de Louise Bourgeois está hasta arriba, en un rincón del techo altísimo de la Galería 3 del Museo Jumex. Junto a un Basquiat que parece una explosión de plumones, el Archivo Líquido de Carlos Amorales se adueña de tres paredes rayadas con lápiz. Enfrente, los cuatro paneles a los que Jen-Luc Moulène llenó de tinta de pluma Bic: uno rojo, otro negro, otro verde y el último azul. Moulène, Amorales y Basquiat, vándalos escolares refinados.

Pero sobre todo en Habitar el tiempo hay un concepto claro que une a las piezas. Cada una es un instante del tiempo, un fragmento de la vida y las acciones de los autores: Matta-Clark se corta el pelo; Charles Ray se amarra las agujetas; Moira Davey recrea unas vacaciones de Mary Shelley, la autora de Frankenstein, emprendiendo exactamente el mismo viaje. Rivane Neuenschwander llena tiras monumentales de plástico con azúcar, azafrán y otras sustancias multicolores. La araña de Bourgeois corre a un rincón del techo.

El arte, sea lo que sea, es un modo de capturar el tiempo. Estas 30 obras autónomas son como 30 personas que de pronto se encontraran en un salón de clases. Antes de que se den cuenta formarán una comunidad. Antes de que nos demos cuenta estamos habitando el mismo tiempo y espacio que esas piezas, existimos junto a ellas. Un segundo pasa y somos pura posibilidad: la memoria nos determina pero el futuro, ah, el futuro.

Como si fuera una obra de Matta-Clark, vivimos en un edificio de 1,000 puertas.

concepcion.moreno@eleconomista.mx