El 6 de febrero de 1984, en el Desierto de los Leones, junto a su Volkswagen blanco, Fernando Sampietro se suicidó de un balazo en la cabeza. El 11 de dicho mes (es decir: mañana hace tres décadas) cumpliría la edad de Cristo. Nunca quiso llegar a esa fecha. Dejó un mensaje póstumo, de su puño y letra, en el que decía que no se culpara a nadie de su muerte.

La imagen más antigua que conservo de Fernando no es de él, sino de una exposición suya en el Centro Asturiano de México, el de la colonia El Reloj. Tal muestra la habrá organizado, o bien Miguel Ángel Merodio padre, quien en ese entonces era gerente del club y que, tiempo después, montó una galería de arte en la calle de Dinamarca, en la Juárez; o bien Aurelio González, miembro de la junta directiva, animador cultural y uno de los medievalistas más importantes del país.

A la distancia recuerdo aquellas pinturas abstractas, de formato medio, como crepúsculos atravesados por reglas de medición o cálculo, mundos que evocaban aquella vieja idea pitagórica en la que las esferas celestes, al moverse, producen música, armonía numérica y un montón de conceptos que volvían a Fernando en un artista en estado puro, incluso ingenuo, pero con una fuerza expresiva asombrosa, llena de garra y de emociones contradictorias que buscaba en las matemáticas, en la aritmética y en la geometría, el equilibrio que no le daban los tratamientos médicos ¡vaya usted a saber cuáles y por qué! y las pastillas psiquiátricas.

Con el tiempo, Fernando, que era un muchacho de veintitantos años, se volvió parte de mi círculo de amigos, la mayoría adolescentes aún en la preparatoria , y nos adoptó o lo adoptamos como hermano mayor, y disfrutamos con él, además de su trabajo de pintor, cineasta y poeta, las más peculiares y extrañas anécdotas de nuestra juventud.

De su faceta como artista plástico le recuerdo dos series de obras, aparte de la mencionada. La primera: distintas variaciones de la vaquita de Pink Floyd, que venía a ser para Fernando lo que la lata de sopa Campbell’s para Andy Warhol; la segunda: un muestrario de azoteas de la Ciudad de México de aquellos años, con sus tinacos, antenas de televisión y tendederos de ropa.

Como cineasta le gustaba la improvisación o trabajar sin guión. En estas páginas alguna vez escribí sobre uno de sus cortometrajes en los que Fernando demostraba, de manera tangible e inesperada para él mismo, la existencia de Dios. En otros cortos, el espectador podía analizar los cambios que una persona común sufría tras unos pocos minutos de estar en el foco de una cámara, y cómo su naturalidad se volvía artificial en cuanto el sujeto, al saberse observado, busca siempre maquillar la realidad. También, ya con guión, hizo una película de 18 minutos en torno a las fábulas de Augusto Monterroso.

Pero la obra cumbre de Fernando, no por artística sino por su contenido transgresor en la época en que fue realizada, llevaba por título La chaqueta por razones muy obvias no la voy a explicar ni describir.

Y si bien Fernando era un provocador como cineasta, no se quedaba atrás como poeta. Martín Casillas, uno de los fundadores de El Economista y coordinador de sus primeras páginas culturales, que más tarde crearía una editorial independiente que llevaba su nombre, le publicó el libro Marilyn Monroe y yo, obra que se convirtió de culto y en la que el lector nunca sabe si Sampietro es un poeta mayor o un reverendo imbécil, pues en la simpleza de cada uno de sus versos, de sus imágenes, de sus conceptos, se transmigra una ironía a la vez gozosa y doliente, en la que la magia radica no en la metáfora, no en el decir sin decir, no en la sugerencia o la evocación. ¿En qué, entonces? En nombrar las cosas tal cual son, en una especie de ficción hiperrealista en la que la inocencia y la malicia del escritor se confunden o son lo mismo.

Más allá de anécdotas personales o mitos que se han creado en torno a la vida de Fernando, a mí, por lo menos, algo me queda claro: mañana, en su cumpleaños 63, su querida Marilyn Monroe, ambos sin haber envejecido un día más desde que se fueron, le cantará al oído: Happy Birthday Mr. President .