No sólo la catrina los emparenta, sino sus posturas en vida. Ni duda cabe que siempre estuvieron del lado correcto -lo que los convertía, las más de las veces, en políticamente incorrectos-, cuando el lado correcto no es otro que la abogacía en favor de la justicia social, del bien común por encima del bien particular -aunque el bien particular, bien entendido, debería ser el bien común-, de los elementales derechos humanos y que, valiéndose de la literatura, la crónica y la filosofía, pero sobre todo de la fuerza de sus voces en los medios masivos de comunicación, mantenían una alerta constante ante los abusos y falta de escrúpulos de los hombres del poder.

Con los fallecimientos de ese portugués comunista-libertario, como él mismo gustaba encasillarse como si tal casilla fuera posible; de ese mexicano lúcido, de respuestas rápidas e irónicas, todo un genio para mantenerse vigente por décadas entre la supuesta izquierda nacional o la de ese ecuatoriano marxista, profesor de innumerables generaciones universitarias; el mundo en general, pero México en particular, pierde una trilogía que -más allá de los membretes que poco o nada dicen en el presente siglo- hacía del pensamiento contemporáneo de las letras como una rama de las bellas artes, algo más vivible.

Hace muchos años, cuando todavía José Saramago no era un escritor popular entre la clase media educada de México, el poeta Francisco Cervantes me prestó varios de sus libros. Debo confesar que no pude leerlos ni en ese entonces ni después, cuando su discurso de la realidad social de México me parecía acertado.

Su literatura, ganadora del Nóbel, la sentía -la siento- farragosa y aburrida, con otro agravante, su novela Ensayo sobre la ceguera (1995) es un plagio descarado de El día de los trífidos (1951), del escritor inglés John Wyndham.

A Carlos Monsiváis me lo presentó Javier García-Galiano cierta noche en el Tenampa -desconozco, sin embargo, si Monsiváis bebía o no.

Intercambiamos apenas unas cuantas palabras y me queda la convicción de que era un hombre inteligente, comprometido con lo que comentaba y divertido; mientras que a Bolivar Echevarría le tengo el aprecio que se le debe de tener a cualquier profesor universitario, de esos que dan la vida por un mundo que, aunque se equivoquen, ellos piensan es el mejor de los posibles.