Hace unas semanas viajé a Galicia, España. Fui, en principio, a Orense a rastrear historias de familia y me encontré con un pasado más propio de ficción que de realidad, en el que no faltan las maldiciones ancestrales, marquesados venidos a menos, cadenas del perdón, hombres-lobo, un tatarabuelo disecado, crímenes entre hermanos y otras muchas anécdotas que algún día escribiré.

También me di tiempo para hacer turismo.

Al entrar a la Catedral de Santiago de Compostela, por ejemplo, no pude sino sentir que Dios existe y pensar en una parvada de curas esclavistas. Pero en donde más tiempo estuve fue en Vigo y sus cercanías, pues una amiga, Fe González, me llevó a vivir a su departamento frente al mar en A Guarda (La Guardia), un pequeño poblado de pescadores.

Ahí degusté los manjares marinos más exquisitos del planeta: santiaguiños, especie de langosta en miniatura que tiene grabada en el caparazón la Cruz de Santiago; percebes, crustáceo hermafrodita que tras su aspecto prehistórico se esconde una carne delicada sólo comparable a los tallos pelados de las rosas; zamburiñas, molusco que, por ejemplo, guisado a la plancha, hace recordar a los dioses que se alimentan del mar.

Ello acompañado por copas de alvariño, vino blanco con Denominación de Origen que se produce en las rías bajas de la región.

Fe, que es joyera y tiene un taller de alta joyería o de joyería de autor, Arela (Deseo), me cumplió más de un capricho: me llevó a conocer castros (las edificaciones celtas más antiguas de España), a diversas montañas en donde se pueden contemplar paisajes imponentes, a fiestas medievales en Baiona para, finalmente, despedirme en Oporto, Portugal, una ciudad con una belleza decadente que provoca que el viajero imagine toda clase de relatos.

Así, en ese domingo lluvioso y melancólico, Fe me obsequió un libro de Domingo Villar (Vigo, 1971), autor de novela negra que está de moda no sólo en Galicia, sino en toda España.

La obra en cuestión, A praia dos afogados (La playa de los ahogados), publicada por Editorial Galaxia y que en México se puede conseguir, traducida al español, en una edición de Siruela, tiene varios encantos: un personaje entrañable, el investigador Leo Caldas; su contraparte, el subalterno aragonés Rafael Estévez, y la combinación afortunada de una historia de suspenso a la vez que costumbrista, que, en unas cuantas pinceladas, revive a la perfección los ambientes y las personalidades que suelen convivir en los pueblos de la costa gallega.

La novela inicia con varios conflictos por resolver: un tío de Caldas en el hospital, la ausencia de la mujer del investigador que recientemente lo ha abandonado, la relación entre éste y su padre, un trabajo en la radio local que le provoca al personaje una fama indeseable y el caso que debe investigar: la muerte de un pescador descubierto en una playa, cual si se tratara de un ahogado y que, en realidad, es la punta de una madeja con las que se construyen una variedad interesante de historias.

Si bien se trata de literatura de acción que sólo resuelve uno de los conflictos planteados, el del marinero muerto, mientras que los otros son el pretexto ambiental del que surgen algunas claves para resolver dicho conflicto, La playa de los ahogados puede ser una primera puerta de entrada para conocer los paisajes, las idiosincrasia, lo cotidiano, lo mágico y las supersticiones de uno de los rincones, que escapa de la oferta turística, más fascinantes de España.