Hace algunos meses, cuando José María Espinasa publicó "Al sesgo de su vuelo" (2009, Ediciones Sin Nombre, 58 pp.), el poemario me fue tan grato, sobre todo en su cercanía con la narrativa breve (minificción, microrrelato, aforismo, greguería, sentencia, epigrama, etcétera), que le pedí presentarlo.

Me invitó entonces a presentar no sólo ese libro, sino cuatro más: "Cuerpos, Piélago", "El gesto disperso" y "Sobre un muro de aire, reunidos en Piélago" (2009, Aldvs, 204 pp.). Es decir: mi interés por la literatura mínima me llevó a leer y repensar un corpus poético de 25 años.

Para la ocasión, escribí un ensayo que aquí, por razones de espacio, resumo en un artículo que habla de mi fe ciega en la literatura en general, partiendo, eso sí, de la particular poesía de un autor que encuentra en lo simple, en la sugerencia, en la evocación, en la imagen nítida, en el peso de cada palabra, en la asociación de ideas, la universalidad.

La poesía de Espinasa va de lo particular a lo universal; es, por tanto, una literatura fragmentaria, heterodoxa, libre en cuanto formas -aunque entre un libro y otro haya una intención de estilo, y aunque ese estilo cambie de un libro a otro-, en la que cabe, desde el misterio del vuelo hasta sucesos cotidianos, al parecer intrascendentes, como la incertidumbre de un hombre ante el agujero de un calcetín.

Los temas de su poética son variadísimos y se mueven en distintos tonos: es fácil descubrir tanto la reminiscencia sacra como la ironía punzante, y cada fragmento, a su vez, es parte de un todo, y ese todo, las más de las veces, pertenece a la memoria colectiva -José María levanta el arco y dispara y el blanco no es otro que el efecto poético.

A la más interesante disquisición que lleva su obra es a pensar que la literatura toda es poesía -efecto poético-, y lo que no es poesía, ergo, no es literatura. De allí la asociación de ideas entre Piélago, Al sesgo del vuelo y la narrativa breve, que con unas cuantas palabras, logran el mismo efecto -poético, ciertamente- que las obras llamadas de largo aliento.

Lo novedoso de esta literatura, sin embargo, no son los temas que, como se sabe, son los mismos desde que un aeda ciego, visionario para ser más precisos, intercaló en su canto la primera metáfora de la historia, un mar color vino ; sí lo es en cuanto a la forma, el ritmo, la musicalidad que el poeta le imprime a sus letras, ya en versos métricos, ya en versos libres...

La justa diferencia de un poeta del palo de Espinasa y, por ejemplo, un microrrelatista está dada en la sonoridad del poema, segunda pauta en importancia tras el efecto poético; mientras que el microrrelato se abstiene de esa sonoridad, la vela, la oculta, para llegar por la vía de la historia y la llamada vuelta de tuerca , al efecto poético.

Así, toda poesía aspira a ser canto y, como tal, provocar a la divinidad -por decirlo en términos teológicos-, al duende -por hablar en gusto lorquiano-, a ese sentimiento oceánico -por rememorar a Freud-. Y el canto de Espinasa tiene la fuerza de un veneno que, en la dosis adecuada, sana cualquier mal y en la dosis inadecuada mata, como mata la vida misma, aunque Espinasa recomiende -sin decirlo, por supuesto- oír ese llamado sirénico con calma, dejarlo que poco a poco se pierda en los oídos, y que dure tanto su deleite como el de aquel marinero que tardó una eternidad de varios mundos para regresar a Ítaca.

Soy breve: lean, canten, escuchen la poesía de José María Espinasa. De qué libro, de cualquiera, en verdad les digo que es uno de los placeres que hay que darse alguna vez en la vida.