Manzanillo, Colima.- Apenas llegó y se dio cuenta de que Manzanillo sería más de lo que le habían platicado sobre aquel ensoñador y clásico hotel (Las Hadas), donde esta vez no dormiría, o aquella emblemática película (Diez, la mujer perfecta) que nunca vio y no conseguía ya ni en renta.

El puerto mantenía la belleza que lo catapultó a la fama en la década de los setenta, pero siguió avanzando hasta formar nuevos referentes como el Centro Histórico completamente renovado, que hoy presume un corredor escultórico y jardines públicos con conexión gratuita a Internet.

Recorrió el destino de extremo a extremo y descubrió que su oferta turística también se había diversificado y extendido de la línea de mar esmeralda que bañaba sus playas de arenas doradas, hasta el tapiz verde intenso de la vegetación que protegía sus cerros, alrededor de la costa.

Ahí fue que cambió el jet ski por una cuatrimoto; los yates por vehículos 4x4; el pez vela por un caballo; el traje de buzo por el de paracaidista, y la sombra de las palmeras por la copa de los árboles desde donde se lanzaba en la tirolesa a vivir otro tipo de aventuras en el aire.

Contrató todos los recorridos y actividades que pudo, pero el resto de su primera jornada en este paraíso, conocido como la Esmeralda del Pacífico, habría de disfrutarlo en la forma tradicional.

Tomó el sol por un par de horas y sació su apetito con un delicioso ceviche colimense, hecho a base de carne molida de pez vela, limón y un toque de zanahoria, la especialidad de la casa.

Aguardó al atardecer con una bebida local, como la tuba, que se extrae de la palma de coco, en uno de los mejores lugares para ver una puesta de sol y tomarse una muy buena foto:Playa Azul.

De ahí se trasladó nuevamente al centro de la ciudad para presenciar otro espectáculo multicolor, el de las nuevas Fuentes Danzarinas, que al ritmo de alegre música mexicana disparan chorros de agua de hasta 15 metros de altura entre más de 50 efectos visuales formados por luces de colores.

Y eso fue antes de la cena en el restaurante Los Delfines del Hotel Las Hadas donde, siendo noche de luna llena, comprobaría que tan cierta es la leyenda de la danza luminosa de dichos seres mitológicos sobre el mar en esta zona de playa.

AVENTURA TODOTERRENO

Al otro día inició la aventura con una cabalgata de cerca de dos horas por los sinuosos senderos del Cerro de La Vaca.

Un paseo placentero, sin riesgos, aunque no fue fácil controlar la velocidad del caballo, pese a la teoría recibida previamente y la cohesión del grupo que no permitió que nadie se fuera realmente en desbandada a perderse en la montaña.

Lo siguiente fue cambiar al relinchante caballo por el sonoro rugir del motor de una cuatrimoto. Aunque no iría a más de 60 kilómetros por hora, a través de los mismos caminos tropicales, el ruido y la estabilidad de las llantas le hicieron sentir que volaba, mientras que el viento, chocando contra su cuerpo, aliviaba el calor que le producían la ropa y el equipo de seguridad: casco, goggles y un paliacate que cubría del polvo la nariz y la boca.

Al final, todos los caminos le llevaron al mar, a la desértica playa de Peña Blanca, un tesoro aislado de Manzanillo. Tan virgen, que en algunas temporadas del año tiene que cerrar para que las tortugas lleguen a desovar en paz.

Debe su nombre a un peñón blanco, que en realidad fue cubierto por el guano de los pájaros que rondan esta zona del país y se ha convertido en un atractivo lugar para hacer una pausa, relajarse y descansar antes de regresar al punto de partida de los recorridos. Hasta acá llegan, también, las excursiones tipo safari en camionetas todo terreno o jeep, en una clara muestra de que todos los extremos se tocan.

UN VERDADERO PUERTO DE ALTURA

Las actividades del tercer día fueron, literalmente, aéreas. Estaba la oportunidad de lanzarse del paracaídas, pero optó por vivir otro tipo de experiencia en el aire, en el circuito de tirolesas del parque ecoturístico Natura Camp.

Un proyecto verdaderamente sostenible que además de contar con una de las líneas de tirolesa más largas del mundo, promueve la conservación de flora y fauna propia de la región, como el venado cola blanca, que es preservado a través de una Unidad de Manejo Ambiental (UMA).

El reto inicial fue subir hasta la plataforma donde se realiza el primer deslizamiento. Con el equipo puesto, entre la espesa vegetación y a una temperatura que rondaba los 30 grados.

Llegando ahí ya no fue tan sencillo volver caminando. Un aliciente para vencer el miedo de lanzarse, suspendido de un cable que va de un cerro a otro, a lo largo de 480 metros, sobre las copas de los árboles.

Después de eso, las distancias se reducen a sólo 300, 150 y hasta 10 metros de largo, que es lo que mide la quinta y última línea del circuito.

La recompensa por la osadía va desde una rebanada de pizza a la leña, hasta un tratamiento de temascal para relajarse y volver a la comunión con la tierra que por momentos se tuvo que abandonar.

El paracaídas y el vuelo en parapente, que también se practican en este destino, tendrán que esperar. Seguro muy pronto volverá con menos miedo y más dinero, dispuesto a no dejar escapar ninguna actividad al aire libre.

Y quién sabe, tal vez Manzanillo sea para entonces muy diferente a como lo recordaba, con nuevas sorpresas y productos que le hagan sentir que está en casa, sólo que ha sido remodelada.

ricardo.alonso@eleconomista.mx

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