Hace muchos años, cuando escribía de tauromaquia con el seudónimo de Pepe Malasombra, me tocó viajar con la cuadrilla de apoderados, novilleros, subalternos y dos o tres periodistas con un matador de toros que tenía contratadas varias corridas en arenas francesas y plazas españolas.

Yo, para ser sincero, me sentía como parte de una troupe circense que una tarde levantaba su carpa en un pueblo y, a la tarde siguiente, en otro pueblo, también; mientras que por las noches la fiesta me seguía por todas partes, ya con algunos colegas del grupo, ya con algún taurino recién conocido, ya solo, pues la mejor compañía para divertirse es, en primer lugar, uno mismo.

De esta manera, en cierta ocasión en Sevilla, a la hora de la cena, el matador me preguntó:

-Pepe, ¿qué tienes pensado para esta noche?

-Lo que usted diga, maestro- así de zalameros somos los taurinos-, mientras que lo que usted diga no sea dormir temprano.

-¿Qué propones, entonces?

En ese instante le di al torero varias opciones entre las que destacaban una juerga flamenca, la visita a unas primas que acababa de conocer, el bar de moda, tal casa de citas o una noche de marcha por el casco antiguo de la ciudad.

El torero dudó un momento, suficiente para que su padre, que era parte de la troupe, lo reconviniera:

-Usted vino a torear, entiéndalo bien, así que olvídese de andar de jaleo. Malasombra puede hacer lo que mejor le venga en gana -menos mal, pensé-, pero usted se debe a su profesión.

La atmósfera se tornó tensa, y cuando los comensales pensábamos que el diestro -que llevaba varios días de toros, carretera y tensión a cuestas- mandaría a dormir a su progenitor, sólo atinó a decir:

-¿No ve que estoy bromeando con Pepe?

Ah, era broma, me dije, qué bromistas son los que se juegan la vida una tarde, sí, y la otra, también, por lo que levanté mi vaso de whisky para, con un brindis, continuar con el buen humor:

-¡Qué vivan los toreros valientes!

Todos, sin embargo, se volvieron hacia mí como si el que hablara fuera el mismísimo diablo y, además, en Semana Santa, por lo que me bebí de un hidalgo el whisky, dije alguna estupidez tipo mañana será otro día , fingí un bostezo y di a entender que me iba a dormir al hotel.

La anécdota viene a cuento porque acabo de leer la que creo es la más reciente biografía de Manuel Rodríguez Sánchez (Córdoba, 1917-Linares, 1947), El día que mataron a Manolete, de Tico Medina (Almuzara, 2011, 314pp, $165), que está dedicada A doña Angustias, la madre de Manolete y en la que se abona otra piedra a la memoria de Lupe Sino, la que fuera desde 1943 la novia, amante, pareja y prometida del cuarto Califa de Córdoba.

La historia, hay que decirlo, no aporta novedad alguna a la más grande leyenda del toreo de todos los tiempos, pero tiene la gracia de retratar a los personajes que rodearon a Manolete en sus últimos días con tal grandilocuencia, melodrama, tragedia y conservadurismo que, contrario a lo que el autor desea, humanizar al mito, lo ridiculiza involuntariamente, lo vuelve un personaje cómico, pusilánime, que se divide entre el amor de una madre buena, abnegada, casi una santa -su nombre lo dice todo, doña Angustias -, y una amante cazafortunas, desalmada, casi una cualquiera.

Y lo que es peor, y eso también lo retrata muy bien Medina: que si Manolete hubiera tenido que escoger entre los caprichos de su progenitora o los propios, mucho me temo que su respuesta habría sido:

-¿No ve que estoy bromeando con Pepe?