Una imagen para una novela: Pensemos simplemente en una joven lectora en el metro de Nueva York. Adentro de un vagón, ella recarga su cabeza sobre la ventana. Cierra el libro que descansa sobre su regazo y pone atención en el reflejo fantasmal, el lado b, que la ventana ofrece de su propio rostro: el cabello lacio cae sobre la frente, los dedos largos y flacos tamborilean en la caratula del libro, los ojos grandes descansan al resguardo de la sombra de una media luna, y, al fondo de la imagen especular, varias personas bailan una coreografía dislocada y fúnebre. Hacia el fondo, a distancia, más allá de este primer reflejo, descubre un vagón que anda en paralelo. Su mirada cruza con la de viajeros anónimos del otro tren. En ese momento, ocurre lo que Valeria Luiselli, joven escritora mexicana, atina a formular como "una incómoda proximidad" con otros los pasajeros sin rostro, de quienes perderemos todo rastro una vez que descendemos del tren.

El debut de Valeria como novelista (luego de que escribiera uno de los libros más sonados del 2010, el libro de ensayos Papeles falsos) es la obra titulada Los ingrávidos, una novela que según su autora "salió de buscar el lado b de esa imagen de fugacidad que ocurre en las visiones del metro. Esa fugacidad es la que me interesaba capturar. Yo me preguntaba durante mucho tiempo cuál era la metáfora para hablar de estos momentos". Con esta novela la encontró.

Estos cruces incluso pueden producir encuentros imposibles o hasta fantasmales, como el encuentro fantástico entre Luiselli y el escritor Gilberto Owen, quien en la década de los 20 pasó su primera temporada en aquella misma ciudad. Es a partir de este juego con el tiempo que Luiselli crea una historia que empalma tránsitos personales que se salen de una concepción lineal y acumulativa de la historia y de la vida, de tal manera que en la novela una narradora se desdobla en dos voces: la primera es una mujer casada que recorre el pasado sin la nostalgia de quien quiere recuperar el tiempo sino con la picardía de quien se atreve a mirar desde el instante pero con dos rostros: uno que mira hacia atrás y otro que mantiene la vista hacia adelante a pesar de que atestigua su propia devastación. Hay una última voz que compagina y pone en paralelo la historia de la narradora con la del escritor Gilberto Owen, joven y viejo, correspondiendo las historias en sus delirios y sus fines.

"Como si hubiesen estado corriendo horizontalmente en trenes paralelos, finalmente esas dos voces se encuentra en el espacio de la página. Los dos son personajes afantasmados que de algún modo están en un proceso de convertirse en otra persona constantemente, como en un proceso de alejamiento de su propia vida, de ahí su ligereza y su ingravidez", añade la escritora.

LA NUEVA VOZ DE LA LITERATURA MEXICANA

Valeria Luiselli es la incorporación más celebrada en la república de las letras nacionales. Pocos escritores menores de 30 años reciben el encomio generalizado de la crítica como ocurre con esta nueva voz: serena, melancólica, natural y simpática. Pero es gracias a su contundente, concisa e hipnótica manera de relatar, más al argumento de esta historia bohemia, coqueta y con lapsos de sinceridad llenos de ternura, que esta escritora gana a pulso y con buena literatura un lugar en ese difícil mundo en el que reinan los celos, las prebendas, los favoritismos y las envidias: el mundo de los escritores.

Lo logra porque primero que nada se deslinda de los temas que se supone hoy son de interés y prefiere hacerle caso a su voz interior. Luiselli logra en Los ingrávidos construir un edificio narrativo de hondas (y no precisamente elevadas, sino al contrario) pretensiones literarias que se nutren de la carne, del cuerpo y de los sentimientos más a la mano.

La metáfora de la fugacidad encuentra su enclave más natural en la vida y en sus nodos clave. Por eso intuimos que la voz de Luiselli se filtra en esa narradora que se mira desde esa ventana como una futura escritora que escribirá una novela sobre un autor del pasado con el que ella siente una conexión que se salta los límites del cuerpo y del tiempo, Gilberto Owen. Esa narradora que sueña, y que siente la presencia fantasmal de Owen y que piensa en Nueva York y en el sexo con sus amigos, y en el cuerpo delicioso de otras mujeres, y en aburridas teorías filosóficas, y en hacer el súper o comprar tinto, pan, queso y cigarrillos para tener algo aunque parco en su departamento vacío en donde no hay nada que estorbe y también piensa en todo y en nada... y piensa en los fantasmas y en los niños, y en el amor y en el deseo, y en la vida que encierra a una mujer y en la vida que la libera, y en ella cuando era quien ahora no es, o en ella cuando es quien antes no.

LOS FANTASMAS, ENTIDADES SIN GRAVEDAD

Según el escritor checo Milan Kundera el vértigo es el miedo a dejarse vencer por el deseo de caer en el abismo. En este sentido, la profesión más vertiginosa es la del escritor: esa persona que se arroja hacia las regiones oscuras e insondables de su propia existencia, ahí donde moran sus filias, sus fobias, sus deseos, sus pasiones, e incluso sus más oscuras perversiones; sus demonios y sus fantasmas.

Precisamente esos, y no los de las películas de terror yankees ("Yo no quería hacer una novela donde hubiera apariciones", dice la escritora), son los fantasmas que persigue Valeria en esta novela: fantasmas que son parte de ella misma y que por tanto funcionan como una serpiente que se muerde la cola. Luiselli persigue las huellas de Owen y fabula, imagina. Por eso Los ingrávidos es también "una novela de espionaje literario, de voyeurismo", dice ella.

Todos sus personajes carecen de un rostro delineado y de peso tangible. Son más bien presencias que se siente atormentan, valga la exageración, la conciencia de la joven escritora, presencias vigilantes de sus pasos, presencias que existen muriendo o que mueren para existir.

Luiselli, quien ha vivido en Nueva York, escribe la vida de una mujer en esos años de vitalidad y bohemia que son también los años de aprendizaje por los que transita toda alma bella, ese caminar pasional, en su doble sentido, que forma al ser desde el pleno despliegue de su sensualidad; en el caso de esta novela, se explora la educación estética de una mujer en esa ciudad neurálgica: Nueva York.

Pero también escribe la mujer que es madre y que se maravilla de la capacidad inventiva de los niños al momento de apropiarse del lenguaje, centrando en ellos la atención para extraer una certeza: esos años son los años más radicalmente literarios de la vida porque los niños son capaces de amasar el lenguaje como si fuera plastilina en sus manos.

Con base en los fragmentos, Valeria Luiselli construye un edificio narrativo con habitaciones vacías, macetas abandonadas, historias evanescentes: un edificio que se construye con las materias más vitales: el estómago, el sexo, el olfato, los nervios, la piel, el oído, los sueños, el tedio, la familia al desayuno, el matrimonio en sus desvelos, el espíritu y su ostensible paranoia. Una novela que es grave en su nutrida ingravidez. Un debut formidable.

[email protected]

apr