Las minorías buscan abrirse paso en la lucha por sus derechos con movimientos sociales en todo el mundo al mismo tiempo que en redes sociales y medios de comunicación se intensifica su desacreditación. Se trata de discutir más sobre la protesta que sobre las problemáticas que exponen. “Ofendiditos” es la palabra con la que se ha tachado de exagerados, emocionales e intolerantes a quienes se movilizan y ejercen su derecho a la protesta, pero en realidad, ¿quiénes son esos ofendidos?

Lucía Lijtmaer, periodista y escritora nacida en Argentina y residente de España, desviste en su ensayo Ofendiditos: sobre la criminalización de la protesta cómo los medios de comunicación y las plataformas digitales se han encargado de reproducir ideas que no sólo ridiculizan a quienes encabezan las protestas —llámense feministas, comunidades LGBT, trabajadores del hogar o pacientes médicos— y a sus ideales y sus aspiraciones, sino que también abren la puerta a que las corrientes ultraconservadoras ganen terreno y poder político. 

En entrevista con El Economista, Lucía Lijtmaer dijo que su investigación tiene dos propósitos: el primero y la tesis que defiende se concentra en visibilizar cómo las corrientes que se contraponen con los movimientos sociales y los tachan de resentidos en realidad intentan silenciarlos. La censura que señalan es la misma que ejercen, ni más ni menos.

En el foco particular de la lucha feminista, Lijtmaer desarticula en su texto los conceptos de “neopuritanas”, “feminazis” y “brujas”, con los que articulistas y la prensa han afirmado que el feminismo es un movimiento de mujeres enojadas, resentidas, rígidas y moralistas que no toleran ningún comentario que no incluya sus ideales. Es decir, que el movimiento feminista censura porque está compuesto por “ofendiditas”, así, en diminutivo. Pero en realidad ese grupo de críticos y analistas es quien busca censurar al movimiento desacreditándolo y ridiculizándolo. 

El segundo se enfoca en evidenciar la verdadera amenaza que representan estos grupos ultraconservadores que tachan de ofendidos a quienes encabezan los movimientos sociales. No sólo representan un peligro para la libertad de expresión, también legitiman la criminalización, la censura y la burla y propagan ideales que reproducen la violación de derechos humanos y sociales, dijo Lijtmaer. 

La autora enfatizó la situación en España, donde sin darse cuenta las ultraderechas conservadoras ganan terreno político al tiempo que desatan batallas de derechos humanos que ya se pensaban superadas. Batallas como la violación a la libertad de expresión, al derecho reproductivo e incluso a la laicidad de las instituciones públicas.

El ensayo de Lucía Lijtmaer, especializada también en estudios sobre cultura pop con perspectiva de género y autora de dos libros previos: Casi nada que ponerte y Yo también soy una chica lista, de algún modo busca acusar el papel de los medios de comunicación, la prensa y los líderes de opinión en la perpetuación de las disparidades y violaciones de los derechos. 

La participación de estos grupos es fundamental no sólo porque legitima la criminalización y ridiculización de las minorías, también porque cumple con otro propósito esencial: desviar la atención y censurar. Y lo hacen precisamente señalando a los movimientos de censores. 

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kg