En la medida en que se acerca el día en que acudiremos a las urnas, uno de los ingredientes de la contienda política que más parece pesar sobre la población es el miedo.

Existen amplios motivos para que los mexicanos nos sintamos temerosos ante un panorama mediático en el que la llamada guerra sucia de la campañas sigue subiendo el tono y la intensidad de la descalificación.

No parece importar que buena parte de las acusaciones recíprocas no sean contrastadas con datos comprobables –al menos no por el ciudadano común y corriente-, ya que el propósito de enlodar al contrincante no sirve para revelar alguna verdad o un dato significativo que permita decidir mejor el voto, sino para crear la percepción de que el otro –sea quien sea- representa un peligro para México .

La estrategia predominante de la amenaza está en hacer todo lo posible por instilar en la mente de los votantes la idea de que el país se encuentra no ante una oportunidad de renovación, sino al borde de una catástrofe, si es que los ciudadanos cometemos el gravísimo error -¿o pecado?- de votar en favor del contrincante.

Es un hecho que nos tienen amenazados propiciando un clima social cada día más enrarecido.

Así que cabe preguntarse: ¿A quién pudiera convenirle seguir sembrando el miedo entre los votantes?

En el 2009 el psicólogo social canadiense S. J. McCann publicó una investigación sobre la relación que existe entre autoritarismo, conservadurismo político y amenaza social. Este autor encontró que los niveles de amenaza a los que se ha sometido a la sociedad estadounidense durante los períodos preelectorales, a lo largo de casi 50 años, se asocia con el promedio de personas que votan por las posturas más conservadoras.

Este hallazgo viene a confirmar la hipótesis vinculante de la amenaza convencional con el autoritarismo. Sin embargo, el estudio también demuestra que solamente las personas con un perfil autoritario preexistente despliegan conductas autoritarias ante la amenaza normativa.

La personalidad autoritaria en psicología NO se refiere a aquellas personas que abusan de su poder, sino por el contrario, describe a quienes tienden a someterse fácilmente ante el poder y a quienes no sólo aceptan, sino que luchan por vivir bajo el yugo autoritario.

Por ello es que entre más amenazantes son los mensajes políticos, la gente puede experimentar más temor –sobre todo quienes de antemano arrastran una historia de mansedumbre ante la autoridad– y procura protegerse eligiendo en las urnas a los agentes que le garanticen mantener las cosas tal y como están, sin riesgos de cambios posibles.

La esperanza de renovación para el México de hoy y de mañana dependerá entonces de que el porcentaje de votantes empeñados en preservar el autoritarismo logre ser ampliamente superado por una mayoría ciudadana, inmune a las amenazas prefabricadas para mantener la desigualdad social; por una mayoría consciente y sin miedo al cambio.