México es un país en el que no se puede hablar de democracia en el amplio sentido, y en otro un poco más reducido como el periodismo tampoco se puede hablar de libertad de expresión, idea que podemos leer en el libro Cómo se escribe un periódico (FCE) del periodista español Miguel Ángel Bastenier.

En razón de esto y a tan sólo un par de días de haberse conmemorado el Día Mundial de la Libertad de Prensa, es pertinente mencionar que el barómetro de Reporteros Sin Fronteras (RSF) ha dicho que en lo que va de año han muerto nueve periodistas mientras que 165 han sido encarcelados; además, menciona que al menos 120 personas han sido detenidas por informar a través de Internet, que se ha convertido en un medio cada día más vigilado por las autoridades en países como Irán, Rusia o Cuba.

Por su parte, el PEN Club México, en voz de su presidenta Jennifer Clement, recientemente apuntó que "desde 2004 a la fecha han sido asesinados en México 32 periodistas, cinco de ellos en lo que va del 2010" y en aquella ocasión urgió garantías de que el Gobierno muestre intención de asumir los compromisos asumidos en Ginebra sobre protección a periodistas.

El Comité para la Protección de los Periodistas (CPJ, por sus siglas en inglés) aporta un dato de miedo: 90% de estos asesinatos quedan impunes. La falta de voluntad política, la autocensura o el miedo a las represalias de grupos narcotraficantes son en México las causas más comunes para no investigarlos, RSF los llama predadores de la libertad de prensa: políticos, gobernadores, jefes religiosos, capos, etc.

Para el CPJ, con sede en Nueva York, el caso mexicano es cada día más alarmante. "México es un descalabro. No he visto nada igual en mi vida. El clima de autocensura es brutal. No tiene ninguna comparación, ni siquiera con los peores de años de Colombia. Hay una fuerza corruptora tremenda", aseguró Carlos Lauría, portavoz el CPJ en una entrevista que le realizó el diario El País en días recientes.

Pese a ello en el país, aún hay periodistas con la ética necesaria para jugarse la vida (lo que Bastenier cataloga como desprecio por) en su búsqueda de la veracidad, pero ¿por qué hacerlo?

Una realidad tiene que ser contada

Hay una realidad que crea el discurso oficial que "validan" sus paleros en algunas redacciones de periódicos pero hay otras realidades que el periodismo de verdad, el periodismo auténtico, ese que privilegia el lugar del público o de la sociedad, debe indagar.

"Hay una realidad que tiene que ser contada", afirma nerviosa la periodista Marcela Turati, tal vez el simple recuerdo de sus investigaciones le recorre con escalofrío el cuerpo, ella junto con otros colegas suyos presenta en el libro La guerra por Juárez(Planeta), coordinado por el periodista Alejandro Páez Varela, una serie de viñetas sobre un lugar de riesgo para el periodista por excelencia en nuestro país, Ciudad Juárez:

Santaclóses que extorsionan; simulacros en las escuelas para prepararse ante una balacera; una persona que embalsama cuerpos en el Semefo local que no puede tomar vacaciones porque ha de zurcir cuerpos horadados en más de 120 puntos; la convivencia diaria con la muerte al grado de que personas alertan con un letrero afuera de sus casas que dice: "prohibido tirar cadáveres".

Vivir con el miedo

Por un lado el narco pero por otro el sistema corrupto e impune que consiente al crimen. La labor personal del periodista es reprimida por que "se mete donde no debe" (es el bisbiseo que tramposamente alerta) y porque busca la lógica y la transparencia en un país turbio.

"El miedo no te lo puedes quitar", dice consternada e insegura la reportera de Contralínea, Ana Lilia Pérez; a pesar de encontrarse al interior de su oficina la sensación del miedo la persigue.

"Llegué a andar con escoltas dos meses, salir del país en dos ocasiones. No es fácil tener que dejar a tu familia. He pensado que por ahora no puedo tener hijos... porque no puedes estar corriendo a cada rato", confiesa la autora de una investigación prolija y precisa sobre la red de complicidades al interior del Gobierno que han producido el dispendio y el desvío de recursos de la paraestatal PEMEX en las administraciones federales panistas, el libro lleva por título Camisas azules, manos negras (Grijalbo) y fue publicado hace unos meses.

¿Por qué hacerlo?

"Sé que en esta administración, mínimo, no va a disminuir el riesgo para los periodistas. Pero lo que queda es seguir trabajando porque tenemos la responsabilidad de sacar a la luz lo que no está bien en el país, cuestionar, investigar y señalar, afrontando los riesgos", dice mientras se muerde los labios.

Literatura, vía de profundización

El periodismo y la literatura, sobre todo en México, desde el siglo XIX han sido profesiones afines, grandes literatos han contado el día a día de nuestro país, desde modernistas como Francisco Zarco o Manuel Payno, hasta los periodistas de los tiempos que corren como Sergio González Rodríguez o Víctor Ronquillo, quien comenta:

"Como periodista me ha tocado realizar muchos investigaciones sobre estos temas de narcotráfico e impunidad. Sí estriba muchos riesgos porque en estos momentos no tenemos garantías para realizar este trabajo de periodismo e investigación. En algún tiempo se me atacó en mi credibilidad como periodista, y recibí amenazas veladas pero al final yo sigo publicando, escribiendo y esos temas ahora los quise abordar desde la perspectiva de la literatura porque te permite abundar y reflexionar más a fondo en torno de estas realidades", advierte sin ufanarse.

"Cuando uno está en Culiacán o en Ciudad Juárez o alguna otra ciudad caliente pues sí, uno teme", confiesa Ronquillo quien desde hace unos años trabaja en una trilogía sobre la impunidad que permite el despliegue de la lógica del crimen en México, se trata de tres novelas de las cuales ya publicó dos, Sicario y Secuestro(Ediciones B), cuyo personaje central es el periodista Rodrigo Angulo.

En Sicario le da rostro a "uno de estos caídos en la guerra del narco" y en Secuestro (la más reciente) indaga sobre los "resortes profundos de la corrupción y la impunidad donde no sabemos si los secuestradores son policías o viceversa", comenta.

Y es justamente la impunidad, la falta de democracia, la que convierte al periodismo en un oficio peligroso y, como ya dijimos, se traduce en que México sea un descalabro en materia de libertad de expresión.