Carlos Monsiváis alguna vez dijo que, ante la imposición gubernamental de La hora nacional, los mexicanos supimos reaccionar cada domingo por la noche, dando una prueba incontrovertible de unidad política al apagar el radio todos al mismo tiempo.

No estoy seguro si el 1 de julio podamos renovar la misma senda solidaria, aún cuando los partidos, sus candidatos y las autoridades electorales han insistido ad nauseam sobre la importancia de ir a votar.

Se ha abusado de los recursos públicos y se ha creado un clima social de hartazgo y confrontación. Algunos expertos aseguran, no obstante, que para elevar la afluencia a las casillas es indispensable que algunos candidatos nos resulten detestables.

La explicación es simple: resulta más atractivo descargar el enojo y la desconfianza tachando las boletas, que razonar sobre los motivos por los que tal o cual candidato merece ocupar un cargo de representación popular.

En la calle donde vivo, estuvo rondando, durante un par de semanas interminables, un vehículo que no dejaba de perifonear el nombre de un aspirante a Diputado con una ridícula cancioneta de fondo. La estrategia resultó eficaz aunque, de forma paradójica, ahora muchos ansiamos poder vengarnos el día de las elecciones con tal de que ese imbécil entienda el agravio provocado.

A los humanos nos motivan las grandes amenazas pero, igualmente, podemos perder interés cuando se requiere un gran esfuerzo para mejorar.

Por eso muchas personas compran dólares cuando el peso se devalúa y malbaratan sus billetes verdes cuando el proceso se invierte, perdiendo en ambas transacciones. En política, solemos reaccionar más fácilmente contra los malos que en favor de los buenos. Y eso también tiene un costo.

No es necesario abundar sobre la indignación ciudadana ante la escandalosa contaminación visual generada por tanto rostro sonriente que nada nos dice sobre quién es esa persona ni cuáles son sus verdaderas intenciones.

Por otro lado, hay estudios que demuestran que los ciudadanos necesitamos en el fondo creer en quienes tienen el poder de conducir nuestros destinos. A pesar de todo lo que sabemos y hemos experimentado, queda un resto de optimismo en la manera en que nos gustaría ver a estas personas conjurar las esperanzas colectivas asegurándonos de que las cosas sí pueden mejorar. Si nuestra percepción final es que nadie sirve para nada o -en el improbable caso- que todos los candidatos resultan igual de buenos, entonces, nadie votaría.

Tan malo sería creer que no hay nada que perder, que estar convencidos de antemano de que todo está ya decidido, independientemente de lo que los ciudadanos hagamos en las urnas.

No importa que en las democracias existan muchos villanos, mientras podamos reconocer a los pocos buenos de la película. Con todas las imperfecciones del sistema, es importante apoyar a aquellos políticos valiosos por quienes sí vale la pena salir a votar.