A veces cuando se ve una obra uno siente que algo le falta. Más raro es cuando se siente que algo le sobra.

Así se siente Tiro de gracia, la nueva obra de Sergio Zurita: algo le sobra, algo le pesa.

Quizá sea el monólogo tan largo con el que inicia, quizá sea el ritmo hiperactivo de su protagonista, Adal Ramones. Tal vez sea que los chistes se pierden en el tortuoso análisis de la vida de los comediantes. Lo cierto es que Tiro de gracia no es la mejor obra del repertorio, joven y hasta ahora impecable, de Zurita.

La anécdota es mínima, becketiana: dos comediantes se encuentran en una especie de limbo, un espacio post-mortem sin salida. De fondo, solo se escuchan risas grabadas y un remate de batería que suena cada vez que se cuenta un chiste malo y viejo. El infierno, pues.

Ese espacio es un ruedo en el que Manuel Rigal (Adal Ramones) tendrá que verse las caras con El Pivote Lucena (Juan Carlos Colombo), su mentor y compañero de la legua, el viejo al que Rigal abandonó en cuanto empezaron a sonreírle la fortuna y la fama televisiva.

Lo más interesante de Tiro de gracia son sus ideas profundas sobre el arte de la comedia. La obra es al mismo tiempo un homenaje y un despertar a cachetadas para esos kamikazes dedicados a la ingrata tarea de hacer reír a otros. Ser actor es fácil, uno puede darse el lujo de hacer sentir muchas cosas al público dice Rigal en su monólogo inicial, Otra cosa es tener que hacer reír siempre .

Parece fácil, pero una cosa es hacerse el chistoso y otra muy distinta saber con cálculo milimétrico cómo hacer reír a la bestia que es el público (es muy afortunada la comparación de los comediantes con gallos de pelea o toreros; la escenografía en forma de palenque se merece un aplauso).

Rigal comienza su aparición diciendo: Tengo que hacer reír y hoy no me siento chistoso . Nadie siente compasión por un cómico que no es chistoso, pero en ese momento compartimos su angustia.

Angustia que no cesará cuando aparezca en escena El Pivote (Colombo, como siempre, un maestro), listo para recordarle a Rigal su traición, para echarle en cara todas sus inseguridades, sus debilidades como hombre y como actor. Rigal hará otro tanto reprochándole a su mentor su incapacidad para sobrevivir, su poca inteligencia para capitalizar su éxito cuando lo tuvo.

El duelo es interesante, con algunos buenos chistes, pero en algún momento a lo largo de la obra perdemos el contacto con los personajes. De pronto lo que está sucediendo en ese ruedo se vuelve cosa entre ellos, como un pleito de bar en el que solo los dos participantes están borrachos.

Es una lástima que Tiro de gracia sea una obra fallida porque las ideas de fondo del texto son sumamente atractivas. Quizá Tiro de gracia sea uno de esos chistes que son más divertidos platicados en retrospectiva que contados en el momento.