Un hombre vestido como un caballero de la Mesa Redonda acude puntual cada vez que el niño Wilfrid se siente solo y en peligro. Con los años, el niño se convierte en joven pero el caballero sigue ahí porque es fiel a su promesa: No hay nada más grande que el sueño que nos une , le repite una y otra vez el caballero al indefenso Wilfrid. La promesa es brutal pero sólo puede cumplirla alguien que no pertenece al mundo real, sino al reino de la imaginación y, principalmente, a la dimensión de los sueños.

Esta relación entre el sujeto protagónico, Wilfrid, y su amigo imaginario plantea un dilema: soltar o necesitar, y eso condensa el fundamento central de la obra de teatro Litoral, del dramaturgo libanés Wajdi Mouawad, obra que forma parte de la tetralogía La sangre de las promesas (Litoral, Incendios, Bosques y Cielos), que se presenta todos los martes en el Teatro Benito Juárez.

La historia de la creación de este texto se remonta a un viaje de su autor a un territorio mítico para las narrativas modernas: La Mancha, en 1997. En esta pieza dramática, como Incendios y Bosques, más no como en Cielos, el autor aborda temas recurrentes: la muerte ligada a la vida, las promesas heredadas y la vuelta al origen. Mouawad, un artista de la temporalidad convergente que ejerce en cada pieza la creación con total autonomía, comienza esta pieza teatral de un modo sublime: la misma noche en que Wilfrid tiene el sexo de su vida recibe una trágica llamada telefónica: le comunican que su padre acaba de morir. De inmediato, lo colosal se interpone a la ligereza absoluta: Eros y Tanatos son la doble cara de una moneda lanzada al aire, ese instante volátil es la vida y en un corte del aire cabe todo el instante que relata esta obra de teatro, la cual entrevera tiempos e historias.

Después de que sabe que su padre ha muerto, Wilfrid decide emprender un viaje de formación, que lo llevará a abandonar la comodidad de las historias para indagar en lo extremo y en lo verdadero, sólo así podrá ser partícipe del amor entre sus padres, de soportar el olor de los muertos y de aprender que nunca es demasiado tarde para reconciliarse con el pasado.

El trabajo de Arrevillaga emerge del dolor y de la necesidad, de la fe en que una manifestación artística puede darnos un poco de consuelo y un mucho de asombro, como si activándolo pudiéramos recuperar esa fuerza que teníamos cuando niños.