Dicen que narrar lo recordado ayuda a sanar. Es el caso de autores como William Styron y James Ellroy, que han pasado por el infierno y de regreso. El primero, por una depresión severa que lo tomó por sorpresa, el segundo por el asesinato de su madre siendo él niño, lo cual definió su vida como adicto, joven delincuente y finalmente uno de los escritores de género negro más interesantes del panorama literario.

Dicen también que el mejor memorista es el sinvergüenza, el descarado. Alguien como Roald Dahl, el maestro del cuento para niños, que cuenta su vida sin tapujos y como una gran aventura en Boy y Volando solo (ambos publicados por Alfaguara). O como Pepe Jara, el trovador que hizo suya la canción “El andariego” y no temió en narrar su vida en la farándula mexicana.

A continuación tres libros de memoria que son más que recomendables.

Pura vida

Pepe Jara se codeó con los grandes: Pedro Vargas, Agustín Lara, Armando Manzanero. Vivió su vida como quien juega con un rehilete, disfrutando los cambios de color de cada momento.

En El andariego (Cal y arena) Jara se divierte contando sus peripecias desde su infancia en Chihuahua hasta su llegada a la Ciudad de México en busca de fortuna como cantante y compositor. La fortuna le sonrió. Tuvo muchas mujeres, tomó mucho alcohol y pasó noches bohemias con superestrellas de la farándula del siglo pasado.

Si le interesa la historia popular mexicana y la escena nocturna de aquel tiempo, El andariego es un libro obligado. Pero su interés no se limita a eso: es un libro muy entretenido que puede gozar cualquier lector.

El lado oscuro de la fuerza

William Styron fue el último escritor de una generación importante de la literatura estadounidense: la de los autores nacidos en el sur de aquel país, como William Faulkner o Flannery O’Connor.

Hombre de vida modesta, un día en 1985 una oscuridad que él llama “visible, viva, orgánica” lo hizo presa. Un episodio depresivo que casi lo lleva al suicidio.

En Darkness visible (Vintage) Styron cuenta su descenso hacia la locura, la misma que se llevó a Ernest Hemingway y a Virginia Woolf.

Pero lo fascinante de la narración es que Styron saca fuerzas de flaqueza y la depresión se vuelve un motos para regresar al mundo de los vivos.

Un libro insoslayable y que quien haya padecido los aguijonazos de la melancolía sabrá apreciar de manera especial.

El descenso inevitable

Hay una buena razón para que a James Ellroy se le conozco como “El Sabueso del infierno”: su literatura es indomable.

Ellroy vivió en el infierno: Los Ángeles, años 50. Su madre, una joven atrevida y parrandera, fue asesinada cuando James era un niño de 10 años. Se cree (o al menos lo cree él) que quien la mató fue el mismo asesino de la Dalia negra, aquella beldad aspirante a actriz que fue encontrada descuartizada en un callejón.

En Mis rincones oscuros (Random House) James Ellroy narra ese momento crucial de su vida y cómo a raíz de eso se obsesionó con los casos policiales y se convirtió en un delincuente juvenil aficionado a robar ropa interior femenina y a beber hasta perder el sentido.

Ellroy usa sus recuerdos como ballestas: de un recuerdo sale disparado hacia alguno de sus libros y de regreso a la memoria. Así el lector se da cuenta de lo personal que es su escritura de ficción. Ellroy es la prueba de que la literatura de género no tiene porque ser repetitiva como un simple formato burocrático.

concepcion.moreno@eleconomista.mx